Cronicas Dublinenses

La reedición de las Crónicas Pisburianas, ahora con Diego y Andrés

lunes, diciembre 18, 2006

CD7 - 'GEORGIA ON MY MIND'

Crónicas en 2x1

Había prometido dos crónicas sobre el nacimiento de Diego, y tenía intención de publicarlas simultáneamente, pero no he podido completar la segunda parte (CHRONICA CHRONICAE: De cómo Dios es misógino). Mientras tanto, aquí les va la primera. Espero que la disfruten.


‘GEORGIA ON MY MIND’

Tan sólo de pensar que tengo que explicar por escrito la experiencia de estar embarazada y dar a luz me genera una ansiedad terrible. Tal vez por eso es que han pasado ya más de dos meses del nacimiento de Diego y no he podido escribir una línea. Por nueve meses estuve leyendo todo lo que caía en mis manos, y cada palabra sobre los “eventos clímax” del embarazo me parecía vacía e insignificante. ¿Cómo sé si el bebé se mueve? Páginas y páginas de descripciones y aproximaciones: mariposas, gas, burbujas, como un pececito, etc., etc., etc. ¿Cómo voy a saber si estoy en trabajo de parto? “Cuando tengas las contracciones, vas a saber”. Ninguna palabra es suficiente; por eso, más allá de tratar inútilmente de describir cómo o cuánto me dolió, quiero esbozar aquí las cosas que me pasaron por la cabeza durante el día más largo, intenso y extraño de mi vida.

Por unas dos semanas estuve con la maleta casi lista para salir en cualquier momento al hospital. Ahora entiendo que tenía más nervios por la llegada de mis suegros y mi mamá que por el parto mismo. Estaba, al contrario, extrañamente tranquila. Contracciones esporádicas, cansancio creciente.

En la tarde del jueves 12 de octubre, Francis me tocó la panza y dijo que el bebé ya estaba encajado. Mi mamá, por su parte, esa noche me dijo: “Tienes cara de parida”. No puedo explicar con certeza cómo era mi cara ese día. Sólo sé que nos fuimos a dormir a las dos de la mañana, y a eso de las cuatro las contracciones ya no me dejaban dormir. CC tenía razón…

Me levanté, sin despertar a nadie, y me metí a bañar. Para el momento en que me vestí y desperté a Hugo y a mi mamá, ya el dolor era fuerte, aunque tolerable.

Lo que sigue a partir de este punto es una cadena de momentos borrosos que se nublan en mi memoria.

Recuerdo la cara de Hugo al levantarlo. Estaba calmado y sonreído. Mi mamá, por otra parte, parecía no creer que el momento había llegado, como si no se lo estuviera esperando.

Recuerdo haber escrito un email a la familia. Recuerdo tener que echarme en el sofá de la sala justo antes de salir por una contracción. El pasillo al ascensor, largo, nublado. El asiento de atrás del carro. Yo retorciéndome, buscando una posición cómoda. Dublín oscuro, tranquilo, ausente. Las luces de los faroles reflejadas en el Grand Canal. El frío de otoño que me aliviaba. Merrion Square, con sus rejas negras y sus casas georgianas.

Recuerdo los árboles aún con hojas, la brisa, el rumor de la madrugada, esperando en el carro mientras venía otra contracción. Caminando rápido por Holles Street. Sosteniéndome en la reja negra del National Maternity Hospital, mi mamá sosteniéndome a mí. Hugo más adelante, mirándonos con susto y expectativa.

No recuerdo la cara del portero. Sólo que mi mamá no pudo pasar con nosotros y tuvo que esperarnos abajo. Yo, todavía un poco descreída, le dije que nos veríamos en unos minutos, después de que me revisaran. No quise despedirme. No quería llorar cuando me abrazara. Cierro los ojos ahora y veo su cara con nitidez, a diferencia de toda la nebulosa que la rodeaba. Cara de trasnocho, de emoción, de alguien que sabe lo que está por venir.

El portero nos preguntó si queríamos usar el ascensor o la escalera. No sé por qué, pero preferí caminar. Al llegar a admisión, una mujer delgada, pelirroja, nos empezó a interrogar. No sé qué preguntó. En algún momento dejé de entender. Sólo escuchaba el tono de su voz y notaba que veía su reloj y contaba mis contracciones en una libreta, mientras nos hacía preguntas de rutina. Vi las manos de Hugo sobre sus rodillas, tamborileando los dedos. La mujer hizo un chiste sobre el dolor de parto y me pidió disculpas por dirigirse sólo a Hugo, pues entendía que yo ya no podía hablar durante las contracciones. Nos deseó suerte y nos dirigió hacia lo que yo creía era la sala donde me iban a examinar inicialmente.

En realidad, nos hizo pasar directamente a la “sala de partos”: una habitación grande con dos camas, separadas por una cortina. Mi cama daba a un ventanal enorme, de pared a pared. No había nada “clínico” ahí, sólo un par de detalles (un tensiómetro, una balanza, creo). Es extraño. A pesar de haber pasado tantas horas ahí, no podría describir con precisión esa habitación. Sólo sé que había una radio encendida en alguna estación local, y que la primera midwife que nos atendió era de Sri Lanka y se llamaba Rubi. Nunca olvidaré su cara, porque nunca antes había mirado a alguien con tanta intensidad. Rubi me agarraba la mano durante cada contracción y respiraba conmigo (tal vez, de hecho, respiraba por mí). Me sostenía la mirada con sus ojos negrísimos, cansados por el trasnocho. Rubi me sostenía, en todo el sentido de la palabra.

Cuando su turno terminó a las siete –tal vez eran las ocho, no sé–, me sentí abandonada. En algún momento de lucidez comprendí que Rubi le había agarrado la mano a cientos de mujeres, y que ya se sabía de memoria toda la gama de los rostros de la agonía, pero en ese momento no importa el resto del mundo. En ese momento no existe más nadie, sólo un profundo dolor que nace del centro del cuerpo, y los ojos cansados, negrísimos, de Rubi.

No sé cuánto tiempo duró esto. Media hora, tres horas. Da lo mismo. Por momentos parece que perdía el sentido. Hacía calor, pero temblaba. En algún punto me pusieron una bata y trajeron un ventilador. La radio seguía encendida. Tal vez Hugo me hablaba. No puedo recordar. Sólo escuchaba la voz de Rubi, con su acento particular, diciéndome: “You’re doing great, dear, you’re doing great”.

Antes de la epidural, sólo hay algo que recuerdo con nitidez. El sol estaba saliendo, iluminando a medias la habitación. Hugo estaba apoyado contra el ventanal, mirándome. En medio de una de las contracciones más fuertes, comenzó a sonar Georgia on my mind. Pensé entonces que faltaba poco, que todas esas sensaciones que saturaban mis sentidos y que me impedían pensar con claridad tenían un fin: Diego.

I say Georgia, Georgia…

Pensé entonces en mi abuela Gloria, pensé en Amoña. Otra época, misma emoción.

A song of you
Comes as sweet and clear
As moonlight through the pines

Y lo más extraño de todo: sentí a mi abuela Nora. La sentí con claridad.

Other arms reach out to me
Other eyes smile tenderly
Still in peaceful dreams I see
The road leads back to you

No recé en ningún momento. Sólo hubo un instante, justo cuando pasábamos frente al oscuro Bushy Park, en que pensé: “Dios, voy a tener un hijo”. Pero no recé, no pedí nada. Y a pesar de mi incredulidad, de mi poca fe, sentí la presencia de mi abuela todo el tiempo, en especial cuando estaba amaneciendo.

I said Georgia,
Oh Georgia, no peace I find
Just an old sweet song
Keeps Georgia on my mind

Todo lo que pasó entre la epidural y el nacimiento de Diego fue más borroso aún. Creo que dormí un poco. Otras enfermeras llegaron, Grace y Evelyn, ambas estudiantes. Vino el Profesor O’Herlihy y un par de enfermeras senior. Desde el primer centímetro hasta el último no pasó mucho tiempo. Toda mi atención estaba fija en un monitor, un numerito verde que me decía cómo estaba el corazón de Diego. Sólo un monitor –y un poco de paciencia– me separaban de él. Cuando Rinda, la partera, me dijo: “It’s time”, todo el sueño y el cansancio se disiparon, como si nunca hubieran existido. Rinda, que era india, se veía tranquila, elegante. Todos sus movimientos eran suaves y pausados, pero seguros. Me hablaba despacio, siempre mirándome a los ojos.

No sé cómo, pero un par de minutos después yo ya estaba pujando. Lo hacía como si toda la vida hubiera estado esperando por esto, como si siempre hubiera sabido hacerlo, como si todos mis instintos se hubieran despertado ante el conjuro de Rinda, “It is time”. Sentí la tensión de todos los músculos de mi cuerpo, pero nada me dolía. Tampoco sentía cansancio. La vergüenza que tenía unos minutos atrás ante mi cobardía y mi poca tolerancia al dolor desapareció. Mientras pujaba, y mi abuela estaba parada a mi lado, sentía más y más energía, más deseos de ver a Diego, más emoción. Estaba lúcida como no lo había estado tal vez en semanas. Me sentía ligera. Tenía ganas de reír.

En algún punto pude tocarle la cabecita, y de pronto Diego se hizo real. Dejó de ser la idea, el plan. Varios minutos después, en medio del esfuerzo probablemente más intenso que haya experimentado jamás, escuché la voz de Rinda y del Profesor O’Herlihy diciendo: “Don’t push, stop, don’t push”. Y un segundo después, con los ojos abiertos de par en par, y aún incrédula, vi cómo Diego salía de mí. Perfecto. Completo. Moviéndose, respirando. Independiente. Otro.

Other arms reach out to me
Other eyes smile tenderly
Still in peaceful dreams I see
The road leads back to you

Cuando lo pusieron sobre mí, del otro lado del telón, algo explotó, algo se derramó, algo me comprimió el pecho, me quemó la garganta y el cuello, y no pude parar de llorar. Es mío, es mío, sentí. Nada nunca podrá ser tan mío como él. Nada se posee tanto como un hijo, y a la vez, al verlo llorar y moverse, al sentirlo respirar, supe que él es otro, que no me pertenece; que, por el contrario, yo le pertenezco a él.

Sale el sol. Por fin la luz del día alumbra la habitación a plenitud. Contra el ventanal, que nos separa de Dublín y del otoño, Hugo carga a Diego, ambos con lágrimas en los ojos. Desde entonces, ya no somos los mismos.

I said just an old sweet song,
Keeps Georgia on my mind…

C.

viernes, diciembre 15, 2006

CD6 - CRÓNICAS DE LA MUDANZA


Ésta es una historia inconclusa. Una historia triste, desprovista de valores y moraleja.

Si tu día es gris, si el trabajo sólo te hace recordar las miserias de la cotidianidad, si la ciudad hoy sólo te ofrece ruido y smog, abandona inmediatamente mis palabras. Si decides continuar, quedas advertido, curioso lector, pues lo único que obtendrás de estas oscuras líneas es un amargo sabor a hiel en el paladar.

- - - - - - - - - -

Hay tres cosas que puedes desearle a tus enemigos: hemorroides, un hijo con cólicos y una mudanza. Ésta es la crónica de la tercera gran maldición, impuesta sobre nosotros por dioses vengativos e implacables. El lector incrédulo dudará a priori de esta intervención divina, pero la cadena de eventos casi inverosímiles que serán expuestos a continuación removerá las fibras espirituales del más impío.

La razón original de nuestra mudanza ya muchos la conocen. Para los que no, H y yo teníamos que enrumbarnos a la Isla Esmeralda, nuevo paradero de nuestras andanzas gitanas. Después de una exhaustiva búsqueda, finalmente decidimos contratar a International Logistics (de ahora en adelante IL). No te costará suponer, si eres creyente en los designios todopoderosos de las deidades, que como vulgares títeres que somos, el macabro demiurgo nos maldijo con esta compañía y así comienza esta triste historia.

Inicialmente todo parecía marchar sobre ruedas. El presupuesto se veía transparente, la agente (llamada Ámbar González) era amable, la fecha del embalaje nos convenía a todos. Pagamos lo que teníamos que pagar en bolívares, la gente vino a embalar por dos días y listo el pollo. No hubo muchos contratiempos, salvo los clásicos dedos negros en la pared, algún que otro vecino reclamando porque el camión gigante estaba bloqueando la mitad de la calle, la conserje histérica por las botas sucias de los embaladores, etc. Gajes del oficio… Nada del otro mundo. Así, montaron los macundales en el camión (no sin antes lanzar dos de las cajas desde lo más alto de una pick-up) y se marcharon.

El siguiente paso era pagar el flete en dólares, y para este fin necesitábamos hacer una transferencia desde EE.UU., porque la empresa no aceptaba cheques, ni efectivo, ni tarjeta… NADA. Es en este momento aciago que comienza nuestra tormentosa relación con IL. El lector no venezolano se preguntará cómo demonios una compañía de mudanzas internacional no está en capacidad de aceptar un pago en dólares, o en el peor de los casos, facilitar este segundo pago en la moneda local. Para el lector venezolano, la respuesta es simple: “Es Venezuela, el mundo bizarro donde el cliente se tiene que fregar porque sí”.

En fin, el embalaje fue el lunes 12 y martes 13 de junio, y el barco supuestamente salía el sábado 17. Evidentemente, una transferencia puede demorar algunos días, especialmente si la hacen un par de venezolanos signados por la Ley de Murphy [1]. Después de pagar casi seis millones de bolívares, a la gente de IL no le dio la real gana de montar nuestros peroles en el barco porque “nada nos garantiza que luego hagan ese pago” (porque claro, TODAS nuestras pertenencias personales no eran garantía suficiente…). La transferencia, después de mil entuertos (resueltos por nuestro fiel amigo Gabriel Freundt), salió la siguiente semana, peeeeeeeeeeeeero ahora había que esperar porque ya no había barcos disponibles “hasta quién sabe cuándo”.

Enumerar ahora la cantidad industrial de emails y llamadas telefónicas sería ridículo. Baste decir que después de mil excusas, el despido de Ámbar (son meras especulaciones, pero sospechamos que tiene que ver con una misiva electrónica de Hugo hacia la jefa, la señora Blanca Briceño) la mudanza salió de Caracas –repito, supuestamente– el 27 de julio (aunque nos habían dicho que salía el 9). Sí, amigo lector, más de un mes después. Ya para esa fecha, tanto Hugo como yo estábamos en Dublín.

Una vez que el container estaba en alta mar, la gente de IL, como Poncio Pilatos, se lavó las manos y le echó el muerto a sus agentes irlandeses de Oman Moving and Storage. El Ámbar irlandés era un personaje oscuro y nefasto, llamado Glen. Glen nos guabineaba [2], nos mentía descaradamente, desaparecía por días, no nos devolvía las llamadas, nos volvía a mentir.

Inicialmente, éste es el esquema que tanto IL como Oman nos dieron para la llegada de nuestras cosas:

Puerto de Salida: La Guaira - Venezuela.
Buque: Rio Rapel
Fecha de Salida: 09/07/2006.
Fecha próxima de llegada: 03 - 05 / 08 / 2006.
Tiempo en Tránsito: 25 - 27 días aproximadamente.
Línea Marítima: Hamburgsud
Puerto de Llegada: Dublin / Irlanda.
Agente en destino: OMAN MOVING & STORAGE

Al acercarse la fecha de llegada, intentamos contactar al sujeto pero éste nos siguió evadiendo. Nos decía: “Llega al puerto el jueves, ¡segurísimo!”, pero el jueves nada ocurría (ni llegaba la mudanza, ni Glen contestaba el teléfono). Una de las excusas más graciosas del tipo fue: “Usted no me lo va a creer, señor Losada, pero es que tengo otro cliente con su mismo apellido”. Cuando por fin pasó la fecha tentativa, Glen inventó una nueva excusa: “Las cosas ya están en el puerto, pero la gente de aduana está muy ocupada con containers comerciales y deja los personales para lo último”. Así nos tuvo por días, hasta que una lluviosa tarde de agosto se me ocurrió la macabra idea de meterme en la página web de la naviera, Hamburg Süd. Revisando en mis archivos virtuales, rescaté el nombre del barco que supuestamente llevaba nuestras cosas (el “Río Rapel”), y voilà… Fue así como descubrimos que los infames 25 días que en teoría duraba la mudanza fueron una invención maligna tanto de Ámbar González como de Blanca Briceño. Según Hamburg Süd, la travesía duraba entre 45 y 55 días. Nos habían mentido desde el primer día. También así descubrimos que Glen no tenía ni la más remota idea de dónde demonios estaba nuestro container, y se divertía ficcionalizando eventos y fechas.

Con esta información en la mano, y ya hartos de que nos vieran la cara de idiotas, una tarde llamé a todos los números disponibles de Oman. Me atendió un joven llamado Michael, quien tuvo la desgracia de contestar la llamada dirigida a Glen. Al pobre tipo le cayó el palo de agua. Le dije que sabíamos que el barco no llegó a Dublín ni el 3 de agosto, como estaba pautado según la información que Ámbar nos había dado, ni el 13 de agosto, como luego nos dijo Glen, sino el 2 de septiembre, según la naviera. Me juró por sus ancestros celtas que iba a interceder por nosotros (en vista de que su compañerito se había ido de vacaciones), y se puso a buscar nuestra carpeta en el escritorio del otro infeliz. No la encontraba, y tuvo la osadía de llamarnos a pedirnos que volviéramos a mandar TODOS LOS PAPELES DE NUEVO (aquí es oportuno mencionar que uno de los requisitos tuvo que ser traducido y la gracia nos salió en €120). En ese momento, las hormonas no me permitieron ser lo insultante y maldiciente que me habría gustado ser… Con la voz quebrada de la calentera, se las canté todas al pobre diablo. Tres meses después del embalaje, era lo mínimo que podía hacer. Tuve que colgar… Esa misma tarde, Hugo se comunicó con el tipo, y lo insultó cabalmente. Éste, ofendido, le cedió el caso a su superiora (Rhona), quien luego nos confesó que nuestra carpeta estaba extraviada porque Glen, en su desorden, la había archivado como “Barriola”, en lugar de “Losada”.

Rhona trató de excusar a sus empleados, diciéndonos que seguramente nosotros habíamos malentendido a Glen, porque la mudanza NO había llegado a Dublín, sino que estaba parada en Rótterdam. Que seguramente eso era lo que Glen había dicho, pero nosotros –en nuestra infinita ignorancia de hispanoparlantes tercermundistas- habíamos escuchado mal. En este punto Hugo perdió la poca paciencia que le quedaba, y le atiborró la cuenta de correos con TODOS los emails que el mitómano de Glen le había enviado, con todas sus falacias por escrito. La Rhona no sabía dónde meterse… Desde ese día nos llamaba todos los días (hasta dos y tres veces) para informarnos que ella misma había llevado los papeles al puerto, que ella misma había hablado face to face con la gente de aduana, y que, finalmente, ella misma había hablado con la gente de transporte para que nos llevaran los corotos “ASAP” a la casa.

Seguramente, lector, tendrás la tendencia a simpatizar con este nuevo personaje. A verlo como un ángel redentor, una heroína con capa roja. No te dejes engañar… Cuando la mudanza por fin llegó, vimos en uno de los documentos que el container había sido extraviado en Bélgica. Rótterdam no figuraba en lo absoluto… Rhona también había mentido y encubierto a sus secuaces.

Pero aquí no termina la historia. La mudanza llegó a Bushy Park la soleada mañana del 21 de septiembre. La cita era a las 9 de la mañana. El camión llegó puntual, lo mismo que los jóvenes que iban a cargar y desembalar. Lo que jamás llegó fue la cizalla para abrir el precinto con que habían sellado el container… De este modo, tuvimos que esperar hasta mediodía a que alguien del galpón tuviera la cortesía de traer la bendita herramienta. El galpón de Oman, por supuesto, no queda en Dublín, sino en Kildare, a unos 45 minutos (sin tráfico, JA) de la ciudad.

Finalmente llegó la cizalla y comenzaron a descargar. Sorpresa sorpresa… Dañan el ascensor por el peso. Ya Hugo y yo nos imaginábamos a la inmobiliaria cobrándonos una fortuna en la reparación, pero los dioses no fueron tan despiadados esta vez, y permitieron que el conserje lo acomodara inmediatamente. Así, terminaron de desembalar y acomodar nuestras cosas, después de TRES meses viviendo de la cortesía de la familia Piccioli-Abenante (que nos prestó cama, cubiertos y almohadas).

Amigo lector, si crees que esta crónica ha llegado a su fin, es claro que no conoces bien este género… Eres inocente, y aún conservas casi intacta tu capacidad de asombro. El lector veterano, por el contrario, está sediento de más aventuras porque sabe que siempre (¡siempre!) hay cabida para un revés más: cuando terminaron de desempacar la última caja, a pesar de haber cotejado todo con una lista, nos dimos cuenta de que faltaban dos sillas del comedor. Empiezan a asaltarnos las dudas, pues quién garantiza que sólo hay una caja faltante…


En este punto de la historia, es necesario que aparezca otro personaje que le dé un twist a la historia, como suele suceder en las telenovelas cuando comienza a caer el rating. Nuestro nuevo galán es Edgar Cruz, otro agente de International Logistics. La historia no había acabado con esta gente. El destino había dejado ese cabo suelto. Para hacer algún reclamo al seguro (que bien caro salió, por cierto), había que hacerlo a través de los agentes en Caracas.

Le enviamos un par de emails al señor Cruz, haciendo el reclamo formal por las dos sillas (aunque más tarde nos dimos cuenta de que también faltaban algunos zapatos, y sólo Dios sabe si también faltan libros o vajilla, que aún no desembalamos). No recibimos respuesta por tres semanas. Dada nuestra insistencia, finalmente Cruz decidió contestarnos, y he aquí el elemento sorpresa que el lector asiduo ha estado esperando:

Estimada Sr Losada estamos buscando la manera de poder
dar una respuesta a su reclamo, las sillas estan en nuestro almacen, ya que las
mismas se quedaron por requerimiento de la guardia antidrogas para examinarlas
según ellos, logramos recuperarlas sin daño después de pagar una habilitación
para que no las rompieran, el asunto es que tenemos las sillas en nuestro
almacén en perfecto estado pero una vez sellado el contenedor por las
autoridades ya no se puede abrir.
Tan pronto podamos darles una respuesta
nos comunicaremos con usted.

Un cordial Saludo.

Edgar Cruz.
International Logistics Overseas C.A
Caracas-Venezuela.

[Está de más decir que transcribo textualmente la misiva del señor Cruz, con su sintaxis de vanguardia y su puntuación minimalista]

¡¡¡LA GUARDIA ANTIDROGA!!! Es obvio que Cruz es el personaje cómico de este culebrón, introducido por los escritores para aliviar la tensión de la trama.


Por cierto pudor, y ante la posibilidad de que estas crónicas sean leídas por menores de edad, no transcribo la respuesta que tuve que enviarle al bufón. Sólo me resta decir que esta misiva fue recibida el 24 de octubre, y desde entonces no hemos vuelto a saber ni de las sillas, ni del seguro, ni mucho menos de International Logistics.


No mentía, lector, cuando te decía que ésta era una historia triste, inconclusa y sin moraleja. No hay nada que revitalice el espíritu. No hay un giro inesperado que funja de bálsamo para las heridas de esta batalla. No hay hadas madrinas, no hay antagonistas que se reforman a último minuto. Sólo hay un par de vacíos en nuestra mesa de comedor, y un pavor tremendo ante la inefable palabra: “MUDANZA”.


- - - - - - - - - -

Cuando estudié Letras, el profesor de literatura medieval española nos enseñó una teoría sobre las “mudanzas” del héroe, según la cual éste tiene que pasar por varias etapas, “mudar” de estados y ascender moralmente para consagrarse como tal. Estas etapas, por supuesto, son duras pruebas que forjan poco a poco su carácter. Al final, no tengo la objetividad para decir si nos consagramos como héroes en la novela de caballería que fue nuestra propia mudanza. Tal vez, de hecho, fallamos en el intento porque somos criaturas cómodas del siglo XXI que carecemos del estoicismo y aguante propios de un héroe.

La certeza que sí nos queda es que ni Amadís de Gaula ni el mismísimo Don Quijote tuvieron que lidiar con tantos dragones, gigantes y monstruos horrorosos como nosotros. Esperemos, después de esta aventura indeseada, que no nos toque mudarnos en un buen tiempo. A menos que sea para convertirnos en vecinos de Bono =)

Hasta la próxima,
C & D.


NOTAS:
[1] Carezco de las estadísticas apropiadas, pero hay un estudio que demuestra que Murphy es venezolano (de hecho, se descubrió que su nombre completo es Murphy José). Para más información sobre este tema, cf. Castro y Sánchez (2006).
[2] La guabina es un pez de agua dulce baboso y resbaladizo. Guabinear, por consiguiente, es ser escurridizo, evadir. También existe el sustantivo guabineo.
[*] Coroto, macundal, perol = enseres varios.