Cronicas Dublinenses

La reedición de las Crónicas Pisburianas, ahora con Diego y Andrés

lunes, septiembre 03, 2007

CD13 - CRÓNICAS TURCAS


Crónicas antiguas

Mi relación con Turquía comenzó en 1995, cuando la casualidad –como siempre– me puso a dos puertas de Gökçe en nuestra residencia, Foresteria. Al terminar el colegio, el domingo 25 de mayo de 1997 arrancamos Gökçe y sus papás, Carola y yo a Estambul. Al pisar suelo turco comenzó la verdadera aventura. En la agencia de viajes donde solíamos comprar nuestros pasajes me habían dicho que no necesitaba visa para Turquía. De todas maneras, existía la posibilidad de “comprarla” en el mismo aeropuerto, tal como había hecho Tesmer, mi compañera de cuarto gringa. Pero como los lectores ya se imaginarán, la burocracia turca estaba decidida a regalarnos una anécdota para relatar en estas crónicas.

El “NO” del oficial de inmigración fue rotundo. Lágrimas rodaron en abundancia. Mi versión de la historia es la siguiente: escoltada por un par de policías fui a recoger mi equipaje, para rechequearlo, tomar el siguiente avión a Italia, ir al consulado turco y conseguir allá la visa. Mientras tanto, el papá de Gökçe corría como loco por todo el aeropuerto, hablando con cuanto funcionario se topaba; la mamá de G nos consolaba, mientras ella, con la voz entrecortada, proclamaba su vergüenza ante las instituciones turcas. Una, dos horas después, me pusieron un sello rojo en el pasaporte y esa misma tarde estábamos sentadas en la comodidad de la familia Özbilgin en Bursa.

Diez años más tarde, me entero de lo que en realidad sucedió, contado por Gökçe: mientras los policías me escoltaban al carrusel del equipaje, el Dr. Özbilgin se enfrascó en una turbulenta disputa con el funcionario de inmigración, tratando de explicarle que yo estaba bajo su responsabilidad, que mis padres no vivían en Italia, que yo había sido mal informada, etc. Según cuenta G, su papá, que había conocido a los míos en la ceremonia de clausura del colegio, sentía que mis viejos me habían encomendado a él, aunque en realidad, creo yo, no habían cruzado palabra, en vista que mis papás saben de turco lo que el Dr. Özbilgin sabe de español… La cosa es que padre es padre en cualquier parte del mundo, y la imagen de la pobre gordita escoltada por los pacos turcos le debe haber partido el corazón al buen doctor. Por su parte, el funcionario, exhibiendo lo mejor de la burocracia tercermundista (tan familiar que por un momento sentí que estaba en Maiquetía en lugar de Estambul), le dijo al Dr. Özbilgin que la única manera de que yo obtuviera una visa turca es que “alguien” en el ministerio de relaciones exteriores hiciera una llamada telefónica en mi favor. Era domingo en la tarde. Es un hecho científica y universalmente comprobado que los domingos en la tarde el ser humano no tiene capacidad para razonar, mucho menos para trabajar. El papá de Gökçe ya se imaginaba a la gordita vagando, mochila a cuestas, por las desoladas calles de Trieste… Hasta que le vino a la mente un personaje, familiar a todos los que hemos crecido bajo la sombra del chanchullo… Aquel amigo que está “conectado”. Gökçe nos confesó que nunca ha sabido con certeza qué profesión tiene este señor, o a qué se dedica exactamente. Lo cierto es que cada vez que hay alguna complicación burocrática en la familia, lo llaman y todo se soluciona por arte de magia. Yo sólo recuerdo al papá de Gökçe pegado a un teléfono público, gesticulando y asintiendo. Gökçe dice que a los diez minutos de la llamada, aquel funcionario altanero regresó con una actitud completamente distinta. “Doctor Özbilgin, ¿quiere un tecito?”, es lo que se me ocurre que le dijo… El final de esta versión ya se lo imaginan.

Para el papá de Gökçina, introducir quasi-ilegalmente a una venezolana a su país fue una proeza que recuerda con cariño (aunque no le deben haber quedado ganas de recibir a más visitantes internacionales en su vida). Para mí, fue el oscuro inicio del mejor viaje que he hecho jamás. A diez años de la quijotesca experiencia, cuando Gökçe comenzó a echar el cuento, Marcus se voletó hacia mí y dijo: “Aaah, ¿ésa eras tú?”. Sí, ésa era yo… Su pregunta causó dos cosas: que me pusiera como un tomate y que lamentara no hablar turco para decirle al papá de Gökçe que a mí también me había marcado ese día. Como hace diez años no tuve la lucidez de escribir mis impresiones sobre ese viaje, aquí van algunas más actualizadas.



Crónicas modernas

No se me ocurre mejor manera de describir Estambul que a través de las sensaciones que esa ciudad produce en el cuerpo.


OJOS

Estambul entra por los ojos. Al llegar, la aridez del paisaje nos golpeó visualmente, después de estar acostumbrados al verde intenso de Irlanda. En el trayecto del aeropuerto a Sultanahmet pensé en aquellas películas que pasaban en Venevisón durante Semana Santa. Un Jesucristo rubio, caminando con su túnica sobre la tierra seca, un par de olivos de fondo. Pero la imagen semi-desértica pronto desaparece. El paisaje comienza a llenarse de minaretes y edificios de tres o cuatro pisos que parecen pelear por la mejor vista. A medida que nos vamos a acercando al Bósforo la trifulca se hace más intensa. Las casas se apiñan más y más, desafiando la gravedad. Las colinas que bajan hasta el mar parecen hechas de edificios.


Y los minaretes sobresalen con arrogancia, como proclamando que nadie ve más que Alá.



Paralela a la avenida que nos lleva al hotel está la muralla de la ciudad. Orhan Pamuk, en sus memorias, comenta cómo Estambul vive entre, sobre, en las ruinas de su pasado. Esta observación hay que tomarla literalmente. Sobre los viejos muros, construidos por Constantino el Grande, se erigen casas y restaurantes, o se apoyan locales, kioscos, y pancartas.


El contraste es aplastante. Lo nuevo, lo viejo; lo solemne, lo vulgar. Por momentos me sentí insultada. En Venezuela se le rinde culto casi religioso a una casa del siglo XIX donde Bolívar tal vez, quizás, visitó en alguno de sus viajes. En Estambul, un quinceañero insolente se recuesta de la muralla bizantina, apoyando su pie izquierdo sobre la piedra de diecisiete siglos, mientras estruja una colilla con su mano derecha.

Ya caminando por Sultanahmet, a medida que los ojos se van habituando al exotismo de los edificios, al capricho de los callejones, a la solemnidad de la historia que se respira en la ciudad, un nuevo espectáculo entra por la retina: los velos y las burkas. No recuerdo haber visto tantas mujeres veladas hace diez años. Como occidentales civilizados que somos, tratamos de parecer indiferentes, de lucir “acostumbrados”, pero lo cierto es que teníamos que detenernos a mirar. El arreglo de los velos, los estampados, el movimiento del cuerpo bajo la tela, la forma de la nariz, el misterio que oculta la mujer bajo la burka.

Y los colores de Estambul, no sólo en las telas, en las calles, sino en la misma gente, entran por los ojos. Los ojos negros y los ojos verdes, las mujeres muy blancas y las mujeres morenas, los extranjeros, los turcos claros y oscuros. Los colores en las alfombras, colgadas en las calles.


Los colores de las especias: el amarillo de la cúrcuma, el color sangre del sumac, el henna verde, la páprika roja, el comino marrón.


Miles de lámparas en el bazar, con sus cristales iluminados, son una visión al mejor estilo de Rubén Darío.


La cerámica de Iznik en la Mezquita Azul.

Los techos dorados de Topkapi,


el color turquesa irreal del Mármara, el color de la tarde…



Estambul marea por momentos. Lo bizantino, lo otomano. Europa en pugna con la cultura árabe. El esplendor de una mezquita o de un palacio, junto a un konak que se cae a pedazos.



La visión de una ciudad que fue, indiscutiblemente, la cuna de lo que hoy somos en Occidente. La visión de una ciudad que se quedó dormida.


NARIZ

Para mí, cada ciudad tiene un olor distintivo. Viena huele a castañas, Sevilla huele a churros, Buenos Aires a chocolate… Estambul entra por la nariz con violencia. Desde la terraza de nuestro hotel, con vista al Mármara de un lado, y a la Mezquita Azul del otro, huele a mar. Pero caminando por Seraglio, Estambul huele a maíz asado. Un olor dulzón, ahumado, que pica en los ojos y se queda en la nariz por mucho rato. En Eminönü hay una mezcla a mar y cordero. Pero es en el Bazar de las Especias donde se sobresaturan los sentidos: el comino domina, por momentos, pero si se cierran los ojos, si uno se concentra de verdad, el olor de la harissa, del chile negro, del azafrán, comienzan a distinguirse.


Cardamomo, pimienta, ajo. Té de rosa, lavanda.


Todos los olores de golpe. El cerebro no puede procesarlos. Cuando el Bazar queda atrás, cuando entramos en la Nueva Mezquita, aún mi nariz no se recupera. Mi cerebro sigue clasificando y archivando olores, notificándome: "Aquel olor dulzón era té de manzana, aquel otro afrutado era fenugreek".

Ha pasado casi un mes –y más de diez años– de nuestra visita, y aún no logro darle un olor a Estambul. Tal vez el olor del jabón de olivos que nos regalaron en el hotel. Tal vez el olor a humedad de la Cisterna Basílica.


O el olor a cigarrillo que todo lo impregna en la ciudad. Pero no. Estambul sí tiene un olor particular, sólo que mi cerebro todavía no da con él.



BOCA

Podría pasar horas tratando de describir a qué sabe Turquía. Podría tratar de desmenuzar con palabras el kebab de pistacho del restaurante Hamdi, o los baklavas que nos comíamos por docenas Carola y yo en casa de Gökçe,


el ayran del Gran Bazar (miel y menta, combinación perfecta), el humus en la boda de Gökçe, el baba ghanoush también del Hamdi, los eric por docenas en Bursa, los miles de tipos distintos de nueces del Bazar de las Especias,


la miel de panal y el jugo de cereza amarga del Hotel Armada, el caldo milagroso de la abuelita de Gökçe, el cordero tan suave que se deshace en la boca, los pistachos de los vendedores ambulantes en Sultanahmet, tanta variedad de aceitunas que es imposible recordar sus nombres.


El té de manzana inflama las papilas. Incluso el agua fría (su, palabra indispensable en el verano turco) sabe a gloria en Estambul.


PIEL

Estambul también se siente hasta los huesos. El turco toca, invita, roza. Una palmada en el hombro es el inicio de un negocio.


Visitar las mezquitas fue una experiencia 100% táctil. Un ritual para la piel: descalzarse, cubrirse cabeza y hombros, sentarse en las alfombras de las salas de oración o en las frías losas de mármol de sus patios.




Después de un infame verano irlandés, donde la temperatura jamás subió de los 22 grados, el calor mediterráneo le confirió un nuevo sentido a las maravillosas fuentes que plagan la ciudad.


Ver a los hombres haciendo las abluciones antes del rezo nos causó envidia. Ver el mar a lo lejos, intocable, nos causó frustración. Después de caminar por horas, empujando el coche de Diego por las empinadas calles de Estambul, la relación del turco con el agua se hizo clara. Lavarse para rezar, construir cisternas subterráneas, hacer de las fuentes maravillas arquitectónicas, derramar agua al despedir a un visitante (para que la marea lo traiga de regreso), todo se entiende.


Y para aquellos que “ven” con las manos, como yo, pasear por el Gran Bazar fue todo un placer. Cada alfombra, tapete, mantel, bufanda, velo, cada centímetro de tela, cada tejido, cada bordado, cada estampado era una tentación. Hundir las manos en las cestas de pistachos, avellanas, nueces y almendras. Tocar con la punta de los dedos, casi con reverencia, las columnas, paredes, mosaicos y cerámicas, barandas y rejas, fuentes, granitos y mármoles de Estambul es contagiarse del hüzün de Pamuk.



OÍDOS

Desde el llamado a la oración hasta la atorrante música árabe en los taxis, los oídos no se salvan en la Nueva Roma. Estambul se mueve al son del turco, un idioma que suena “duro”, pero aparentemente esta dureza le ha regalado a sus hablantes la capacidad casi mágica de aprender todas las lenguas. Hugo y yo lamentamos no hablar vasco o cualquier otro idioma oscuro y misterioso cuando caminamos por los pasajes del Gran Bazar. Nos hizo falta un código secreto para expresar libremente qué lámparas nos gustaban o qué juego de té preferíamos. Los vendedores, apostados en las puertas de sus negocios, están a la cacería de palabras para etiquetar a sus próximas víctimas. ¿Italiano? No, tal vez español o portugués. Y en cuestión de segundos bombardean a los transeúntes con bienvenidas en tres o cuatro idiomas. Pensé entonces en la torre de Babel, y en que el ingenuo autor del mito jamás conoció al turco que me vendió especias en el Bazar, hablándome en perfecto castellano e incluso emulando diferentes acentos de mi lengua.

La otra música de Estambul la componen sus gaviotas, chillonas y melancólicas,


el sonido del mar, cercano e intocable, la melodía del tráfico que no perdona a las grandes ciudades y, lo mejor de todo, las sirenas de los barcos.


Pamuk las nombra incesantemente. Confieso que al leer Estambul, memorias de una ciudad, me fastidió un poco el tema de la nostalgia; me pareció que, a pesar de ser el protagonista de su obra, este hüzün no se terminaba de materializar en sus palabras. Pamuk pinta una Estambul gris, invernal, triste en sus glorias pasadas, pero esto no es lo que la hace una ciudad nostálgica. El hüzün se respira en una Estambul llena de movimiento, en pleno verano. Se mete en los huesos cuando cae la tarde y el llamado a la oración retumba en cada muro de la ciudad. Se entiende, finalmente, cuando los barcos gimen en Eminönü en su lenta travesía por el Bósforo.



MAŞALLAH, BODA Y AMIGOS IMAGINARIOS

Maşallah es la palabra que define el aspecto “espiritual” de nuestra semana en Estambul. Algo que seguramente no mencionan las guías turísticas es que el turco es familiar. Nos sorprendió, una y otra vez, lo afectuosos que fueron todos con Diego. En cada tienda, museo o restaurante donde estuvimos, encontramos a alguien que se acercó a hacer algún comentario sobre el bebé, tocarlo e incluso cargarlo.



Cuando estábamos esperando a nuestros amigos para hacer el paseo en bote por el Bósforo, un tipo bigotón y peludo se acercó al coche donde Diego dormía y le tomó una foto con su celular. La palabra que escuchamos repetidamente cuando algo así ocurría era “maşallah”. Cuando le contamos esto a Gökçe y le pedimos que nos tradujera lo que significaba, nos quedamos los tres en el silencio que dejan a veces los huecos lingüísticos. No importó, de todas maneras, porque ya sabíamos lo que significaba. Maşallah  es la versión turca del venezolano “Diosmelobendigaymelofavorezca”. Una bendición, una felicitación, un buen deseo.

Hace poco le comentaba a Sánchez que Europa no se entiende sin visitar Estambul, pero sospecho que mi cariño por esta ciudad y por este país no se debe sólo a la maravilla que es pararse en la mitad del Aya Sofya y mirar hacia arriba,


o perderse en los laberintos del Gran Bazar, o dejarse llevar por los tonos de azul de Sultanahmet Camii,


o sentirse ínfimo dentro de Süleymaniye.


Turquía es Gökçe y su familia, su mamá muerta de risa cuando Carola y yo le quemamos media cocina tratando de hacer empanadas, su papá manejando de madrugada para regalarnos Pamukkale, su abuelita haciéndonos sopa, su hermano tratando de entender el inglés primitivo de las dos sudacas. Diez años después, Turquía es reencontrarme con mis amigas imaginarias y materializarlas frente a Hugo y Diego. ¿Viste, Hugo, que Limpho sí existe? Y repetir la fórmula mágica que era nombrar y ubicar en el mapa: “Ella es Lizzy, de Suecia”. Es sentarnos en un café a resumir diez años en una tarde, ver a Gökçe de blanco y escuchar a su sueco diciendo “evet”, mientras de fondo el imán llama a la oración de la tarde.


Es discutir con Tezz, kebabs en mano, sobre nuestras eternas mortificaciones, como si diez años fueran un suspiro en una ciudad que ha estado ahí desde que el mundo es mundo.

* * *

Como siempre, me veo estancada a la hora de cerrar esta crónica.

En una larga enumeración de las cosas que le generan hüzün, Pamuk dice:

But what I am trying to describe now is not the melancholy of Istanbul, but the hüzün in which we see ourselves reflected, the hüzün we absorb with pride and share as a community. To feel this hüzün is to see the scenes, evoke the memories, in which the city itself becomes the very illustration, the very essence, of hüzün. I am speaking of… everything being broken, worn-out, past its prime.



Pamuk añade que esa nostalgia no le pertenece al observador externo, al turista; sin embargo, descaradamente me apropio de ella, así como me apropié de la morriña gallega y de la saudade portuguesa. Sus palabras retumban en mi cabeza desde que terminé su novela hace unos meses. Everything being broken, worn-out, past its prime. Pero la ciudad sigue más viva que nunca. Entre ruinas, con recordatorios permanentes de un pasado soberbio, los turcos se mueven en una ciudad que vibra, en todo el sentido de la palabra. La nostalgia emana a cada paso porque yo, observadora externa, turista, otra, la llevo conmigo. Es la nostalgia que me acompaña cada vez que, de algún modo, retorno a Duino. Regresar a Turquía y reencontrarme con mis amigas automáticamente hace que ponga mi vida en perspectiva.


Nos sentamos a tomar un café, en alguna callecita de Estambul, y mientras alguien cuenta un episodio gracioso del colegio o cuando alguien hace un breve recuento de sus últimos años, cada una, en privado, en silencio, rápidamente hace un balance de su propia vida. Cada quien sopesa sus decisiones, cada quien evalúa sus pasos. En la puerta de nuestra treintena, pienso si, como en Estambul, ya todo está decidido, si las oportunidades han sido agotadas, si ya pasó nuestro momento (es el pesimista en mí, lo sé). Pero vuelvo a Estambul, a la conversación y a mis amigas, y siento que soy afortunada. A pesar de las diferencias de estilo, carreras y vidas en general, me veo reflejada en cada una. Ellas representan posibilidades y comprueban, diez años antes y diez años después, que Duino fue un tiempo mítico, algo irrepetible que marcó mi manera de ver el mundo, y que el precio a pagar, probablemente, sea arrastrar para siempre una nostalgia, un hüzün con el que miro, mido y respiro todo a mi alrededor.

Es un precio justo.

Espero poder regresar varias veces más a Estambul, recorrer sus calles empedradas, perderme en su historia y en mi propia historia. Robarle, una vez más, la nostalgia a Orhan Pamuk y a los estambulus.

C.

2 Comments:

At 8:34 p. m., Anonymous Anónimo said...

Hola interesante tu relato, soy venezolana y en unos meses tendre esa primera impresion de estambull, ojala y pueda compratirla.
antonia

 
At 12:53 p. m., Anonymous sultanahmet said...

Pics are great.

Thanks for your sharing.

 

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