Cronicas Dublinenses

La reedición de las Crónicas Pisburianas, ahora con Diego y Andrés

miércoles, marzo 28, 2007

CD8 - DEL EVENTO


Comienzo esta crónica bajo la sombra de lo escrito previamente por Ceci, y sobre todo por su acogida. Sirva como aclaratoria que no soy capaz ni pretendo competir con su soltura lingüística, estilo honesto e impecable redacción, mucho menos con su sensibilidad e impacto, especialmente porque no fui yo el que parió al carricito. No prometo dos crónicas, pues a duras penas creo poder terminar una. Por último, mi único objetivo es tratar de complementar lo ya presentado por ella, nunca desmintiéndola, siendo lo más sincero que se puede ser, y por supuesto pidiéndole que revise y certifique previamente lo aquí presentado.*

Desde el comienzo nos dimos cuenta de que Ceci iba a tener un embarazo de librito, o más bien, de libritos y páginas web. Una vez supimos que esperábamos a Diego, no bien le habíamos puesto el nombre, ya habíamos comprado una vasta biblioteca dedicada al tema. A los textos les sumamos un par de páginas web que nos aseguraban las últimas opiniones de los llamados expertos (por lo general médicos, midwives y madres) evitando el eterno problema de los libros: la desactualización. Por último, cuando encontrábamos que una situación no estaba referida en al menos tres de nuestras fuentes, procedíamos obviamente a “googlearla”. Cada tema y situación imaginable eran cubiertos por la amplia literatura que tuvimos la “suerte” de conseguir: contracciones, mareos, cesáreas, patadas, antojos, los primeros 83 meses del recién llegado, lunares, comidas a evitar o buscar, qué hacer con los consejos no solicitados o qué no hacer si no nos dan consejos…

La avalancha de conocimiento fue tal que cada una de las sensaciones o síntomas que sufrió Ceci durante sus casi diez meses de embarazo (porque al menos yo aprendí que eso de nueve meses es un mito perpetuado por la ignorancia del lumpen) estaba perfectamente descrito. Todo parecía ir viento en popa hasta que empezamos a notar ciertas inconsistencias en las opiniones de los especialistas. Por ejemplo, todos parecían coincidir en que la niña al nacer (porque en los libros en inglés se refieren indistintamente a la criatura como she) iba a tener la necesidad de dormir durante más de la mitad del día. El problema estaba justo en la recomendación de qué hacer en cada situación (el sueño, en este caso). Si teníamos dos libros, en ellos habría tres sugerencias contradictorias. No exagero. El recomendadísimo “Qué esperar cuando se está esperando” invita a acostar al neonato boca abajo. Cuarenta páginas más adelante sugiere dejarlo boca arriba. Teniendo Ceci y yo una mentalidad científica decidimos desde el primer día ponerlo de lado.

De esa forma avanzó el embarazo, sin poder confiar en la cantidad industrial de pasquines que tuvimos a mal comprar. Cuando quisimos saber qué era bueno para las náuseas (que de nuevo el lumpen se empeña en llamar matutinas, a pesar de que tienen lugar durante todo el día y la noche) aprendimos que la única solución es no quedar embarazada, pues todos los remedios prescritos por nuestros expertos eran contradichos por algún otro. Por suerte, más pudo Diego en su deseo de nacer por donde era y a la hora en que le tocaba que las nefastas estadísticas médicas, pues si es por lo que habíamos leído, no hay forma de que un embarazo transcurra sin poner en riesgo al pequeño de una u otra forma.

Durante “la dulce espera” Ceci aguantó con estoicismo vómitos diarios (primer trimestre), contracciones cortesía de las brutísimas niñas a las que les estaba dando clases (segundo trimestre) y dolor en su fracturado cóccix (tercer trimestre). Por lo general, tratábamos de minimizar sus únicas quejas cuando nos entreteníamos leyendo sobre las extrañísimas enfermedades y síndromes que podría sufrir Diego (único provecho que le sacamos a los libros).

Así, luego de meses de contracciones in crescendo, Ceci se levantó un buen día, como a una semana de la fecha probable de parto, señalando que las contracciones eran diferentes a las ocasionadas por sus alumnas y que ya no se sentía tan bien como antes. Ante su duda sobre si eran o no las definitivas, y en un perfecto ejemplo de arrogancia masculina, decidí que la visita del pequeño era cuestión de horas, y puse en marcha el plan de contingencia.

La primera medida obviamente consistió en quedarme en la casa monitoreando el progreso del, según mi vasta experiencia, ya inminente parto. Luego, en obvio apresuramiento y en mi fe ciega ante la palabra de mi esposa, procedí a enviar aquel fatídico email del que ella todavía se mofa. Olvidada quedó mi emoción (y preocupación, para qué negarlo) por la venida del primogénito. Sólo quedaría registrado en los anales de la historia mi alarmismo e impulsividad ante el envío inconsulto de aquella misiva. Por suerte, en un ejercicio inconsciente de precaución, sólo copié a unas seis personas y Ceci no hubo de humillarme (“porque H siempre sale de atorado”) ante toda nuestra lista de correos.

Ese mismo día llegó la futura abuela, Carmen Cecilia, a Dublín. En este punto de la historia, uno pensaría que este nuevo personaje, gracias a su experiencia al haber tenido dos hijos, poseería un conocimiento invaluable de cómo era todo aquello de los trabajos de parto. Sin embargo, la abuela se quedaba muda ante la sabiduría médica de su hija y yerno, que ante cualquier señal o síntoma procedían a comparar diagnósticos en cuatro libros y tres páginas web. Probablemente para no mostrar una opinión diametralmente opuesta a las ocho que ya teníamos prefería sonreír y mantenerse en silencio.

En vista de la confusión decidimos apelar una nueva fuente: ER. El enlatado americano nos ha ayudado a diagnosticar innumerables enfermedades a lo largo de trece temporadas, por lo que decidimos confiar en lo aprendido para determinar la fecha del parto. Según la teleserie, los síntomas inequívocos son: litros y litros de agua en la cama al romper fuentes (para ello Ceci dormía con un tobo azul en lugar de almohada), unas ganas horrorosas como de ir al baño (imagínense el peor de los corrientazos cada cinco minutos) y, en mi caso particular, la llamada al trabajo indicándome que todo salió bien y que podía pasar a visitar al carricito.

La noche del miércoles (dos días antes del nacimiento), Ceci y Carmen Cecilia, en un reto al destino, decidieron quedarse hablando hasta las 4:30 am. Al día siguiente, CC le indicaría a su hija que tenía “cara de parida” (obviamente más por culpa del trasnocho que por la venida de Diego, pero ante el riesgo de que me fueran a convertir en sapo preferí morir callado).

Ya el jueves, luego de que nos retiráramos a nuestros aposentos, C se quejaba de contracciones cada vez más frecuentes y su cara ya reflejaba un dolor sincero y nada envidiable. Aunque no recuerdo muy bien a qué hora finalmente nos fuimos a dormir, sí me acuerdo de pensar que del día de mañana no pasaba. Siendo sincero, a los 35 segundos ya estaba dormido.

Ni sé qué soñé aquella noche, sólo recuerdo que Ceci me levantó a eso de las 4 am, muy tranquila, diciéndome que había llegado el momento. Con el pelo mojado y gestos relajados me pidió que me vistiera pues ya Diego venía en camino. A eso de las 2 am las contracciones se habían vuelto mucho más frecuentes y apenas pudo dormir desde ese momento. Yo, más dormido que despierto, no sabía si creerle y vestirme corriendo o seguir durmiendo hasta que se hiciera de día. Total, uno oye decenas de cuentos de treinta horas de trabajo de parto pero nunca nadie echa algún cuento de un alumbramiento en el carro. Sin embargo, al ver que su tono no era en broma y que ya estaba con el bolso listo para salir al hospital, terminé de convencerme. Después de lograr pararme, Ceci fue e hizo lo propio con su mamá. Cuando volvió me encontró vistiéndome, tal como tan apropiadamente lo describe en su crónica, de Dockers y camisa manga larga.

En este momento, me veo en la obligación de aclarar mis razones para elegir tal atuendo. El miedo de llegar a Holles Street vestido como el popular nacker irlandés (lo que en USA sería una mezcla de white trash con wigger) es más fuerte que la voluntad de llegar rápido. Aunque el atuendo del nacker y su rol en la sociedad irlandesa son motivo de otra crónica, espero se entienda que mi pinta no fue producto de la emoción del momento, sino más bien una bien racionalizada decisión para evitar ser confundido con el estereotípico personaje oriundo de los suburbios dublineses. Dicho esto, una vez que Ceci entró en el cuarto y comentó lo inapropiado de mi ropa ante el esfuerzo físico que íbamos a enfrentar, procedí a salvar las diferencias con unos bluyíns (nada más peligroso que discutir con una mujer en trabajo de parto). Sin embargo, conservé la camisa. Creo que en medio de mi despiste hasta me cambié los pantalones con la suegra ya metida en el cuarto, que en tiempo record ya estaba emperifollada y lista para partir. O al menos eso creía Ceci.

Hoy debo confesar que días antes, en un pacto secreto con Carmen Cecilia, decidimos no salir al hospital y mucho menos escribir otro correo hasta no ver la cabeza del muchacho asomándose. Ello para irnos por lo seguro y evitar más burlas a su pobre yerno. Por suerte no hubo necesidad de llegar a tal extremo, pues Ceci se nos adelantó y envió el correo avisando que ya nos íbamos. A las 5 am ese email marcó nuestra salida.

El recorrido a la maternidad no fue muy acontecido. Dublín estaba bastante oscura y calmada, tal vez porque no llegamos a meternos por el centro, donde la horda de borrachos no nos habría dejado llegar a tiempo. En un clásico estilo irlandés, habríamos dado a luz en la acera al lado de un pub, celebrado por la muchedumbre que animaría a la parturienta entre una y otra Guinness.

Llegamos al hospital en unas tres contracciones. Para ese momento, Ceci ya no podía ni hablar la mitad del tiempo. Se repetían cada cinco minutos y le duraban alrededor de dos. Todo bajo control, pues. Mi único pensamiento se concentraba en qué pasaría si no dejaban pasar a Carmen Cecilia. Si se devolvía manejando era capaz de extinguir a todos los cisnes del Grand Canal y los taxis a esa hora no tienen por costumbre pararse ante el temor de que un borracho les desgracie el carro.

Después de estacionarnos, procedí a llenar el parquímetro con el máximo posible de tiempo. Me permitió comprar cuatro horas, es decir, hasta las 10 am, así que eché media bolsa de monedas (que para tal fin juntamos durante semanas) y volví al carro. Alistamos los peroles que llevábamos: el bolso con la ropa de Ceci y Diego, algunas cosas para matar el hambre y un par de libros para matar el tiempo durante la espera. Ceci estaba lista para caminar, y aunque una cuadra no parecía mucho, le sugerí que esperáramos a que pasara la próxima contracción para tratar de que no le diera otra a medio camino.

Por lo general yo siempre camino apuradísimo y dejo a Ceci atrás, y ese día no iba a ser distinto. No sé muy bien por qué lo hago. Es tal vez una mezcla de la ansiedad Barriola con la paranoia caraqueña a ser asaltado. Cuando cruzamos la calle y estábamos a unos quince metros de la entrada vino otra contracción. Cargando con las cosas, recuerdo haber volteado y a ver a Ceci, apoyada en la reja negra de Holles Street, doblada del dolor, con CC a su lado.

Entramos por la puerta principal, no por emergencias. Tal sería (pensábamos) nuestro control de la situación. Ahora que estamos de confesiones, admito que no tenía ningún apuro en llegar y eso se tradujo en mi tranquilidad durante todo el preludio al parto. Nada más patético que dos primerizos (en este caso tres) llegando con un escándalo a admisiones sólo para ser devueltos porque no ha comenzado el trabajo de parto. Peor aún, si ya el dolor era inaguantable, ¿qué podría determinar que volviéramos a recoger las cosas y salir de nuevo al hospital? ¿Será que volvemos cuando se desmaye del dolor? Me imaginaba “negociando” con Ceci nuestra salida por miedo a que nos devolvieran de nuevo.

Una vez adentro, la primera noticia que nos dio el encargado de guardia fue que Carmen no podía entrar. Tras una breve despedida, la dejamos en la sala de espera con cara de susto. “Porsia las moscas” se quedó con el celular de Ceci. Cuando ya Ceci fue admitida, bajé de nuevo y llamamos un taxi para que se fuera a dormir a la casa, aunque no creo que haya podido por la emoción de tener su primer nieto Losada.

La entrevista con la mujer de admisiones es tal como la describe Ceci. Entre el dolor y el nada fácil acento de nuestra anfitriona ella no entendía y era yo el que daba las respuestas. ¿Tienen seguro? ¿Traen alguna planilla completada? ¿Dónde está la ropa del bebé? Mientras chequeaba el reloj y le veía la cara a C, mi miedo a que nos devolvieran se iba desvaneciendo. “Adelante, yo misma los llevo a la sala de partos”.

Minutos después ya Ceci estaba lista para el examen físico. No hubo tiempo de ponerse la pijama que compramos para el parto, la bata ni las pantuflas. Recibió a Diego con sus inmortales medias de pollito.

Luego de la primera revisión, nos indicaron que a pesar del sufrimiento, Ceci no había dilatado nada. Nalgas. Nill, Cero. Un coño, pues. Ya nos preparábamos para una buena discusión cuando la enfermera nos aclaró que igual no había necesidad de que nos devolviéramos a la casa, pues las contracciones eran fuertes y constantes. Sólo tendríamos que esperar a que dilatara un centímetro para romperle fuentes y aplicar la epidural.

En poco tiempo ya estaban llamando a la anestesióloga. Cuando dijeron que llegaría en quince minutos supimos que más bien serían cuarenta y cinco. Por supuesto, no nos equivocamos. La tendencia mundial de los médicos de hacer esperar a sus pacientes no encuentra su excepción en Irlanda. Para el momento en que el desmayo era inminente, apareció la doctora, aguja en mano, dispuesta a realizar el milagro. De ahí en adelante todo fue en bajada. Cuando terminó el procedimiento de la epi ya tenía unos cinco centímetros de dilatación. Los siguientes cinco no duraron mucho más, y ante la falta de dolor Ceci pudo hasta dormir un poco.

Cuando llegó a los esperados diez centímetros, C comenzó a pujar. Al tercer envión, ya las enfermeras veían a Diego y me preguntaban si quería verlo yo también. No tenía mucho apuro en asomarme porque nada más deprimente que un orgulloso padre tirado en el piso como un plátano y el doctor echándole aire a ver si lo puede levantar. Unos veinte minutos después las enfermeras ya estaban seguras de que el cabezón venía con peluca y todo. En vista de que Ceci, nuestros hermanos y yo fuimos calvos como hasta el primer cumpleaños, me animé a verlo para confirmar la primicia.

Ahí estaba Diego, más acá que de allá. Ahora sí que no nos devuelve nadie a la casa, pensé. Ante el riesgo de que Ceci me pegara un grito que bombeara al renacuajo contra la pared, decidí no tomar fotos desde esa perspectiva. Sin embargo, preparé la cámara porque Diego saldría en menos de media hora.

En ese momento el Profesor O’Herlihy sacó una tijera que parecía más de jardinero que de médico. Sabiendo lo que venía me aparté y le dediqué unos segundos más a preparar la cámara, no sin antes decirle que justo venía la parte que mi papá me recomendó no presenciar. Entre risas, me preguntó si me iba a desmayar, pero yo ya estaba más allá del bien y del mal, es decir, decidiendo si usar flash o no.

Empujón tras empujón, en poco tiempo Diego ya tenía la cabeza afuera. A pesar de la impresión de verlo cubierto en algo parecido al ectoplasma de los Ghostbusters, me armé de valor y tomé algunas fotos que mis amigos siempre me agradecerán, dado su alto valor educativo. Treinta segundos después ya Diego estaba completamente afuera. Ahí supe que no habría forma de que pudiese describir ese momento, sus primeros instantes afuera, desorientado y pataleando. Por eso le di tantas largas a escribir esta crónica y por eso no creo poder entrar en demasiados detalles.

Mientras medio parapeteaban a Diego, el Doctor me pidió que le hablara fuerte para tratar de que llorara. Al darse cuenta de que las palabras no me salían, Diego se me adelantó y comenzó a chillar, tal vez para que no se nos ocurriera darle una nalgada. Se lo pusieron encima a Ceci, que para entonces ya había olvidado todos los dolores, náuseas y malestares de los últimos meses y me dejaron cortarle el cordón umbilical.

Nos lo quitaron por un par de minutos para limpiarlo y me lo dieron envuelto y llorando. Cuando se calmó fue como si le quitaran el volumen al resto de la habitación. A lo mejor las enfermeras me hablaban, pero yo sólo oía cómo respiraba. Ya para ese momento estaba buscando qué chupar y lo único que encontró fue el borde de la toalla en que lo envolvieron. Ahí supimos que no iba a tener problemas para comer. Mientras le contábamos los dedos y tratábamos de que abriera los ojos, llamamos a los abuelos para darles la noticia.


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Han pasado casi seis meses desde que nació Diego y por supuesto todo para nosotros cambió radicalmente. Cosas que antes nos parecían indispensables ahora nos parecen triviales y viceversa. Prácticamente cada cosa que hacemos lo impacta inmediatamente o tiene el potencial de hacerlo en el largo plazo. Pensando en eso decidimos venirnos a Dublín y aunque haya sido un poco duro para todos, esperamos voltear dentro de veinte años y pensar que no nos equivocamos.

Besos a todos,

H

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* Aunque tal introducción suene convincente y digna del padre de una criatura como Diego, lo que verdaderamente me mueve a escribir no se acerca a tan noble propósito. La realidad es que espero acallar las voces que acusan a Diego de huérfano y tal vez, muy en el fondo, me muero de ganas de ponerlos a llorar, tal como confesó alguno que otro abuelo, tío o amigo que ha leído demasiado Paulo Coelho.

martes, marzo 27, 2007

BOLETÍN INFORMATIVO

Fieles lectores:

No quiero sonar como una chismosa o niña acuseta, pero les informo que hay TRES crónicas nuevas (escritas por mí) en standby, porque Hugo no termina de publicar las que prometió. Para no arruinar el orden cronológico de los eventos relatados, me veo maniatada... Mis pobres crónicas seguirán en versión draft mientras H se digne terminar las suyas. Un poco de presión psicológica ayudaría (si saben a lo que me refiero...).

Manténganse en sintonía,
C.

miércoles, marzo 14, 2007

BOLETÍN INFORMATIVO + RAREZAS DEL PRIMER MUNDO, parte II

Hace unos días le decía a Hugo que ya no soporto la presión de la fanaticada para publicar más rápido, que tiene que escribir él también, como en los viejos tiempos. Me respondió que le había subido demasiado el estándar a las crónicas y que ahora le daba vergüenza. Lo mismo me dijo el tío Pepe, que había prometido unas sobre su visita navideña. Estoy a punto de declararme en huelga, así que –por el bien y la continuidad de este blog- les pido encarecidamente que les regalen unas palabras de apoyo a los otros escritores… Pueden dejarlas abajo en “Comentarios”. Por ahora, aquí les copio algunas anotaciones que hemos ido haciendo sobre nuestra vida en Europa:

- Cada vez que salimos con Diego al centro comercial o a pasear por la ciudad, las multitudes se asoman a verlo en su cochecito. Hombres y mujeres, jóvenes y viejos, todos hacen algún comentario sobre el bebé peludito. Aparentemente nuestras primeras impresiones de que todos los niños irlandeses eran calvitos, rubios o pelirrojos son acertadas.

- Si Bono fuera venezolano, mandaría a sus chamos al colegio con cinco gorilas en una Explorer negra con vidrios aún más negros. La hija de Bono usa el DART, el tren dublinés. Lo sabemos porque Lucas, nuestro amigo y vecino, le da clases, y hace un par de días se montó con ella y sus compañeros. En resumidas cuentas, para que se mueran de envidia, estamos a dos personas de distancia de U2.

- A pesar del invierno, la gente sigue comiendo helado como si nada en los centros comerciales. ¡Grandes los irlandeses!

- En Halloween se hacen hogueras en la mitad de la calle y se tiran fuegos artificiales.

- Irlanda es el primer o segundo país donde más se gasta dinero per capita en Navidad… Imagínense el gentío comprando regalos en diciembre…

- Hace días estábamos comprando verduras en uno de nuestros famosos Farmers Market, y descubrimos la verdad tras las coles de Bruselas:

¿¿¿Ustedes sabían que nacían en palitos???

- Algo que no deja de sorprendernos es el rol de la caridad en la vida irlandesa. Desde que el país está económicamente acomodado, los irlandeses sienten que deben darle algo al tercer mundo. Por eso, la tele vespertina está llena de propagandas de ONGs que apelan a la piedad de la gente. Piden para los niños del tercer mundo, operaciones de la vista, mejorar las condiciones de aldeas que no tienen agua potable, víctimas de desastres naturales, y un largo etcétera. Sin embargo, la organización más curiosa es una que recoge dinero para cuidar burros en Afganistán (o en alguno de estos países de la ex Unión Soviética). Las imágenes muestran a un animalito caminando lentamente en un pedregullero, cargado de ladrillos hasta los tequeteques, mientras un niño con turbante lo arría a palazos. La música de fondo es bien melo, como para conmover a los más duros. Y otra organización que vale la pena mencionar es una que recoge perros callejeros. No es que su objetivo sea poco loable; lo insólito es que la propaganda está narrada en primera persona por un perro abandonado por sus dueños…

- Y para cerrar esta pequeña lista, tenemos que informarles que finalmente entendimos por qué la gente se sorprendía tanto con Diego cuando lo sacábamos. No era su abundante pelo oscuro (hoy en día escaso y desteñido). Tampoco sus ojos de parapara. Lo que tanto les llama la atención a los irlandeses es la cabeza de Diego. Obviamente, cegados por el amor paternal, ni Hugo ni yo habíamos notado nada inusual en nuestro hermoso y rozagante bebé, hasta que hace un par de semanas lo llevé al Health Centre a su chequeo de rutina. La enfermera me preguntó, mientras lo revisaba, si el padre del niño era irlandés. Cuando le dije que no, murmuró: “Ah, debe ser por eso…”. ¿Pasa algo, tiene algo malo?, pregunté rápidamente. “No, no, no te preocupes. Es simplemente que la forma de su cabeza es bastante particular”. Salí indignada del consultorio. ¡Cómo se atrevía la vieja esa! Cuando le conté el incidente a Hugo, sólo obtuve una carcajada de respuesta. Y antes de que yo explotara de nuevo, sólo añadió: “Lo que se hereda no se hurta”.





[Pepe, Diego, David]


Besos a todos,
C.

lunes, marzo 12, 2007

CD7 (II parte) - CHRONICA CHRONICAE: De cómo Dios es misógino

Finalmente, después de casi cinco meses, he aquí la verdadera historia de cómo nació Diego. Una crónica despojada de sentimentalismos, desbarajustes hormonales, o censura. Para las mujeres que han tenido hijos, esta crónica será una reafirmación a sus más secretos pensamientos. Para las que no los tienen, tal vez una advertencia. Para los teólogos y escépticos, una prueba de que Dios existe, y es misógino.

* * *

Por unas dos semanas estuve con la maleta casi lista para salir en cualquier momento al hospital. Tenía contracciones y unos calambres que palabras humanas no pueden describir. Me levantaba tres o cuatro veces en la noche para ir al baño, y tenía dolor de costillas (sí, las costillas pueden llegar a doler). Las contracciones no terminaban de hacerse regulares, así que era cuestión de paciencia. Sin embargo, el día que mi mamá llegaba a Dublín tuve UN PAR de contracciones regulares, así que Hugo decidió informar a la familia. He aquí lo que escribió:

06/10/06
Ceci está teniendo contracciones cada 20 minutos más o menos así que esperamos que para esta noche nos visite Diego. Ahora mismo buscamos a Carmen Cecilia al aeropuerto y dependiendo de como progrese yo creo que a media tarde estaremos yendo al hospital. Un beso a todos y cualquier cosa nos consiguen en mi celular,

H


Por supuesto, no me dijo nada de este email porque sabía que me burlaría despiadadamente de él –como efectivamente hice después. Me enteré porque, en cuestión de cinco minutos, media Caracas comenzó a llamarnos por teléfono. En vista de que sus predicciones no se cumplían, H mandó este otro mensaje:

Seguimos informando...

A estas horas de la tarde ya estamos en la casa luego de buscar a CC. El esperado mini-manganzón no ha avanzado nada durante el día. Ceci sigue teniendo contracciones, algunas más dolorosas que antes pero en general todavía está de buen humor y no me ha dicho que todo es culpa mía. Esto último nos hace presumir que esto va para rato y capaz llegamos hasta mañana esperando a Diegot. Conociendo los genes del condenado seguro nos levanta a las 3:42am.
[…]

Saludos y gracias por estar pendientes,
H


La familia seguía en ascuas, así que decidí intervenir:

07/10
Hola familia:

Es sábado por la tarde y nada de Diego. No se preocupen que apenas pase algo sustancioso les avisaremos. La verdad verdadera es que el querido Huguito es un poco alarmista, y apenas le dije que me estaban MEDIO doliendo las contracciones, salió corriendo a escribirle a media Caracas... No he ido al hospital porque las contracciones son muy irregulares y todavía no duelen casi, así que esto va para rato.

Cuando empiece el verdadero trabajo de parto, yo misma les escribiré. Mientras tanto, no se fíen de los rumores amarillistas de HE ;)

Besos a todos, y mil gracias por estar tan pendientes,
Ceci y Diego (todavía en 2x1)


Esa semana paseamos con mi mamá, le arreglamos el cuarto y los corotos a Diego, y compramos el pantalla plana de Hugo. Para esto último, H casi hace que CC y yo nos fuéramos a pie a la casa porque la cajota apenas cabía en el carro.

Con la nueva adquisición, H se olvidó de mis contracciones, de la suegra y del resto de la humanidad.


El 10/10 llegaron Hugo papá (de ahora en adelante Papaúpa o PPU) y Francis, que se quedaban hasta el 14, así que la presión psicológica para que el enano naciera aumentaba vertiginosamente, al igual que la panza y las contracciones…

Ya yo no podía manejar más y me cansaba al dar dos pasos, así que no pude pasear casi con los suegros. Tuve un par de citas con el Prof. O’Herlihy, que iba monitoreando el crecimiento y la posición de Diego. Más que por pudor, por no revivir en mi memoria una de las desgracias de ser mujer, no voy a atormentar a los lectores con la anécdota del “tacto” (triste eufemismo). Sólo sepan que he iniciado una campaña internacional para que la UNESCO prohíba que la gineco-obstetricia sea una especialidad practicada por hombres… En fin, los encuentros con el profesor sólo revelaron que no había dilatado nada, aunque ya tenía el cuello uterino blando y borrado (whatever that means), y que el bebé no estaba encajado aún. Confieso que yo tenía la fantasía de que el doctor me dijera: “Caramba, ya tienes seis centímetros, qué maravilla… Quédate de una vez”. Pero todos sabemos que eso no ocurre nunca.

Finalmente, en la tarde del jueves 12 de octubre, Francis me tocó la panza y dijo que el bebé ya estaba encajado. Mi mamá, por su parte, esa noche me dijo lo mismo, pero en boconés: “Tienes cara de parida”. No puedo explicar con certeza cómo era mi cara ese día. Sólo sé que me sentía como un jamón ambulante. Nos fuimos a dormir a las dos de la mañana, y a eso de las cuatro las contracciones ya no me dejaban dormir. CC tenía razón…

Después de esa semana de incertidumbre, puedo afirmar con convicción que todos los libros y páginas web sobre embarazo son una porquería. La generalidad con que tratan de abordar el tema del trabajo de parto es desesperante. Se supone que las falsas contracciones (Braxton-Hicks) se distinguen “nítidamente” del verdadero trabajo de parto y, aunque son molestas, no son dolorosas. Pues como dice una amiga mexicana: obviamente los señores Braxton y Hicks eran hombres… La transición entre estas contracciones de preparación y las verdaderas fue, para mí, cuestión de frecuencia e intensidad, pero básicamente eran IGUALES.

Me levanté, sin despertar a nadie, y me metí a bañar. Para el momento en que me vestí y desperté a Hugo y a mi mamá, ya el dolor era fuerte, aunque tolerable.

Lo que sigue a partir de este punto es una cadena de momentos borrosos que se nublan en mi memoria.

Recuerdo la cara de Hugo al levantarlo. Estaba calmado y sonreído. Como parecía no entenderme de lo dormido que estaba, tuve que “jamaquearlo” un par de veces. Con una tranquilidad suprema, comenzó a vestirse. Lo curioso del asunto es que se puso una camisa manga larga, planchada y almidonada, y cuando estaba por ponerse los pantalones de pinza, tuve que recordarle que no estaba saliendo al trabajo, sino que íbamos a estar metidos por ene horas en un hospital. Lord Hugo, supongo que por no discutir con la mujer hormonal, se cambió y se puso un blue jean. Mi mamá, por otra parte, parecía no creer que el momento había llegado, como si no se lo estuviera esperando. Me repetía: “¿Ya? ¿En serio? ¿Ya?”. Y luego, batiendo todos los récords en su género, se vistió y maquilló en unos 45 segundos.

Recuerdo haber escrito un email a la familia, cumpliendo con mi promesa de dar información veraz:


13/10, 4:04 am

Señores,

Como su colonial nombre lo indica, Diego Losada no podía nacer el "Día
de la Resistencia Indígena", así que aparentemente ha decidido nacer
al día siguiente... Estamos de salida al hospital, y seguramente en
breve recibirán otro boletín oficial de HL. Esta vez es verídico...
¡¡¡LO CERTIFICO!!!

Los celulares están prohibidos dentro del hospital, pero apenas
sepamos algo, avisamos.

Besos a todos,
Ceci & Diego (en 2x1 por unas pocas horas más)


Recuerdo tener que echarme en el sofá de la sala justo antes de salir por una contracción. El pasillo al ascensor, largo, nublado. El asiento de atrás del carro. El trabajo de parto es una de esas situaciones extremas, como los funerales, en que la mente se divierte pensando en las cosas más insólitas. Recuerdo estar retorciéndome, buscando una posición cómoda, mientras pensaba: “¿Qué pasa si ahora nos para la Garda porque no llevo cinturón de seguridad? Mejor me pongo el cinturón de seguridad. ¿Pero estás loca? ¿Cómo demonios te vas a poner el cinturón de seguridad? ¿Qué pasa si me explota la barriga si Hugo mete un frenazo y yo tengo el cinturón puesto?”. Mientras tanto, Dublín estaba oscuro, tranquilo, ausente. Las luces de los faroles reflejadas en el Grand Canal. El frío de otoño que me aliviaba. Agradecí infinitamente estar haciendo ese recorrido a las cuatro y pico de la madrugada, y no con la cola infernal de todos los días, o con el calor pegajoso de Caracas un mediodía de octubre. Otra vez mi mente divagó: “Si fueran las diez de la mañana y hubiera cola, le escupiría a los ciclistas del Grand Canal, le gritaría improperios a los cisnes asquerosos de ese charco, manejaría por el canal derecho… Me importa un pepino”. Es un hecho que a medida que se intensifican las contracciones, uno se va volviendo más y más irracional. Surge una naturaleza más violenta y oscura… Me atrevería a decir, incluso, que en el día cumbre de la feminidad, se revela por completo el lado masculino de la mujer. Pero ya elaboraré esta idea más adelante.

Finalmente llegamos a Merrion Square, con sus rejas negras y sus casas georgianas. Recuerdo los árboles aún con hojas, la brisa, el rumor de la madrugada. Yo estaba ya desesperada por bajarme y salir corriendo al hospital. Hugo, el muy inhumano, me hizo esperar en el carro mientras venía otra contracción. No sirvió de nada, porque a pesar de caminar lo más rápido que pude por Holles Street, otra me agarró en la mitad de la calle. Cual borracho de botiquín, me tuve que sostener en la reja negra del National Maternity Hospital, mientras mi mamá me agarraba por la espalda. Hugo, más adelante, nos miraba con susto y expectativa (pero no por la contracción, sino por un viejo hábito caraqueño: el susto a que nos fueran a asaltar en aquella oscuridad).

No recuerdo la cara del portero. Sólo que mi mamá no pudo pasar con nosotros y tuvo que esperarnos abajo. Yo, todavía un poco descreída, le dije que nos veríamos en unos minutos, después de que me revisaran, pues estaba dispuesta a quebrantar todas las reglas del hospital. “Quiero a mi mami”, pensé sin ningún tipo de vergüenza. No quise despedirme. El cuerpo humano es francamente débil, y ante una situación de dolor, es increíble cómo el juicio se nubla por completo: “Pobre de mí, todo me duele. Mi mamá viajó 14 horas para estar aquí conmigo, así que TIENE que entrar con nosotros. Me importa un pepino el resto de las mujeres irlandesas. Yo lo merezco más”. Pero el portero fue implacable. En ese momento, mi mente volvió a jugarme una realmente insólita: pensé en el portero de El proceso, pensé que yo era una versión parturienta de K., y que el sistema era una verdadera mierda, como Kafka bien lo había explicado. Luego pensé que había odiado ese libro, que era injusto que esa imagen me persiguiera el día del nacimiento de mi hijo, y que quería a mi mami. No quería llorar cuando me abrazara. Cierro los ojos ahora y veo su cara con nitidez, a diferencia de toda la nebulosa kafkiana que la rodeaba. Cara de trasnocho, de emoción, de alguien que sabe lo que está por venir.

El portero nos preguntó si queríamos usar el ascensor o la escalera. No sé por qué, pero preferí caminar. En realidad, sí lo sé. Los que me conocen imaginarán inmediatamente cuál fue mi razonamiento pesimista ante las puertas del ascensor. Para los que no me conocen tan bien, aten los cabos: el National Maternity Hospital fue fundado en 1892. Quién sabe cuándo carrizo montaron los ascensores. Contracciones cada cinco minutos. Cuatro de la mañana, cero gente de mantenimiento en el edificio. No podía correr ese riesgo…


Al llegar a admisión, una mujer delgada, pelirroja, nos empezó a interrogar. No sé qué preguntó. En algún momento dejé de entender, porque tenía el acento más endemoniado del mundo. Sólo escuchaba el tono de su voz y notaba que veía su reloj y contaba mis contracciones en una libreta, mientras nos hacía preguntas de rutina. “¿Por qué tiene que preguntar lo que ya está escrito en mi historia médica? ¿Qué clase de conspiración cósmica es esta?”. Vi las manos de Hugo sobre sus rodillas, tamborileando los dedos. La mujer hizo un chiste sobre el dolor de parto y me pidió disculpas por dirigirse sólo a Hugo, pues entendía que yo ya no podía hablar durante las contracciones: “No te preocupes, darling, ese dolor desaparecerá cuando el niño cumpla 16-17 años. JA JA JA”. Nos deseó suerte y nos dirigió hacia lo que yo creía era la sala donde me iban a examinar inicialmente.

En realidad, nos hizo pasar directamente a la “sala de partos”: una habitación grande con dos camas, separadas por una cortina. Mi cama daba a un ventanal enorme, de pared a pared. No había nada “clínico” ahí, sólo un par de detalles (un tensiómetro, una balanza, creo). Es extraño. A pesar de haber pasado tantas horas ahí, no podría describir con precisión esa habitación. Sólo sé que pensé en mis amigas caraqueñas, en el horror que les causaría dar a luz en un sitio así, tan distinto a la comodidad casi hotelera de las clínicas (y de la medicina) venezolanas. Había una radio encendida en una estación local (sin duda pronto pasarían alguna canción de U2, obsesión nacional).

La primera midwife que nos atendió era de Sri Lanka y se llamaba Rubi. Nunca olvidaré su cara, porque nunca antes había mirado a alguien con tanta intensidad. A pesar de que la recuerdo con cariño, como relaté en la crónica anterior, debo confesar ahora que Rubi tenía bigotes. Es difícil mantener activados los filtros sociales en ese tipo de situación extrema. Cuando Rubi me agarraba la mano durante cada contracción y respiraba conmigo, me decía que la mirara a los ojos, pero me costaba un mundo no echarle una mirada furtiva de vez en cuando a sus labios. Pensándolo fríamente, nos fueron los ojos, sino los bigotitos de Rubi los que me ayudaron a sobrellevar las contracciones durante esas horas.

No sé cuánto tiempo duró esto. Media hora, tres horas. Da lo mismo. Por momentos casi perdía el sentido. Hacía calor, pero temblaba. En algún punto me pusieron una bata y trajeron un ventilador. No sé si fue porque mi trabajo de parto avanzó muy rápido, pero no hubo un momento preciso en el que ese examen inicial se “formalizara” y me dijeran “estás admitida”. Es decir, no me hicieron desvestir propiamente, al llegar no me dieron una bata con pantuflitas de hospital, ni nada por el estilo. Puse mi cartera en una mesita que había al lado de la cama, me quité los zapatos y el pantalón, y así mismo me examinaron, pero sin darme cuenta el examen se prolongó, se prolongó, se prolongó, hasta que di a luz. La bata apareció, junto con el ventilador playero, en una de esas cuando me moría de calor. Fue en ese momento en que me quité lo que traía puesto (salvo las medias de pollitos, tan famosas entre mi círculo de ociosas amigas). Créanme que de haber sabido que parir en Irlanda era tan informal, habría cuidado un poco más mi atuendo.

El examen inicial reveló que no había dilatado NADA, a pesar de que las contracciones eran tan fuertes. Rubi me dijo “I’m sorry, darling, pero sin dilatar no se te puede poner anestesia”. Horrorizada le pregunté si me iba a hacer devolver a mi casa, pero me dijo que no, que me monitorearían por una hora y luego se vería si me daban algo para que dilatara. Trató de hacerme respirar en una máscara un supuesto gas que no quita el dolor, pero que relaja. No lo soporté ni un segundo.

La radio seguía encendida. Pensé que si estuviera en Venezuela, estaría escuchando algún reggaeton. Tal vez Hugo me hablaba. No puedo recordar. Sólo escuchaba la voz de Rubi, con su acento particular, diciéndome: “You’re doing great, dear, you’re doing great”.

A la hora, después de lo que yo sentía había sido un maratón, Rubi me dijo triunfante: “Ya tienes un centímetro”. Pensé que era un chiste, o que había entendido mal. Imposible, me dije a mí misma. Esto es una tortura. No voy a poder aguantar hasta llegar a los diez. “Pero mírale el lado positivo. Ya se te puede poner la epidural. ¿La quieres?”. Todas mis teorías naturistas se desvanecieron en fracción de segundos. Los supuestos riesgos y efectos secundarios de la epidural que había leído recientemente no pudieron importarme menos. Rubi se fue a llamar a la anestesióloga, pero al poco tiempo regresó y me dio una noticia que me devastó: “La doctora está atrapada en una cesárea de emergencia, así que no va a poder venir en unos 30-45 minutos”.

Me encantaría poder mentirles descaradamente y escribir:
En ese momento me llené de fuerzas, y me dije a mí misma “A guapear, Ceci. Esto no es nada. El dolor es psicológico”. Le tomé una mano a Rubi, la otra a Hugo, y con una serenidad valiente, y una entereza de espíritu, resistí sin chistar hora y pico de contracciones. El tiempo pasó volando, mientras Hugo me secaba el sudor de la frente y Rubi me contaba anécdotas pintorescas de su lejana Sri Lanka…

“La verdad nos hará libres”, así que esto fue lo que realmente sucedió:
Con los ojos inyectados de furia le dije a Rubi que no era posible, que si estaba bromeando, que no había manera de que yo aguantara todo ese tiempo, que me iba a desmayar, que tenía frío, que tenía calor. ¿No hay otro anestesiólogo? Hugo, no puedo más. Intenté llorar a moco tendido un par de veces, pero ya las contracciones eran tan frecuentes que no podía concentrarme en llorar. Rubi me sonreía y seguía agarrándome la mano… Nunca antes sentí tan claramente la dualidad de mi carácter. Por una parte, apreciaba y necesitaba la gentileza de Rubi, pero por otra, quería ahorcarla cada vez que me sonreía. Tal vez es un estereotipo injustificado asociar la reacción violenta con la masculinidad (me perdonarán los lectores XY si estoy equivocada), pero en ese momento me sentía tan saturada que no podía procesar esas sonrisas y mi instinto era gritarle y, si se me permitía, darle un mamonazo para quitarle la sonrisita. El dolor, que se transformaba en rabia, me violentaba, pero enseguida el lado femenino dominaba y quería que me abrazaran. Me sentía como un hooligan que quiere destrozar un bar y caerle a patadas al rival después de que su equipo pierde (de ahí, la asociación de violencia con el género masculino).

Luego de esto, Rubi me hizo romper fuentes para que se acelerara la dilatación. Para describir este evento, sólo tres palabras: aguja de tejer…

En algún punto que no recuerdo con precisión, otra mujer parturienta llegó a la habitación. Nunca le vi la cara, porque nos separaba la cortina. Sólo recuerdo que le hablaba con tranquilidad al que asumo era su esposo. Conversaban como si nada, y de vez en cuando le decía, entre risitas: “Oh, oh, oh my gosh, esto como que me está doliendo”. Y hacía la clásica respiración jadeante que sale en las películas: fuh-fuh-fuuuuuh, fuh-fuh-fuuuuuh… También la quería ahorcar, en especial cuando no me podía controlar durante la contracción y empezaba a lloriquearle al pobre Hugo. Lloraba de dolor, pero más que todo de rabia por no poder aguantar más, y de rabia porque la mujer de al lado no estaba sufriendo como yo… En ese caso, la noción de sufrimiento colectivo habría ayudado un poco, estoy segura…

Antes de la epidural, sólo hay algo que recuerdo con nitidez. El sol estaba saliendo, iluminando a medias la habitación. Hugo estaba apoyado contra el ventanal, mirándome (y para ser honesta, yo pensaba “¿Qué me miras? Todo esto es culpa tuya”). En medio de una de las contracciones más fuertes, comenzó a sonar Georgia on my mind. Pensé muchas cosas. Mi mente no paraba de escupir imágenes e ideas inconexas. Pensé que era un chiste casi cruel que un momento tan árido tuviera un soundtrack tan dulce. Era un perfecto cliché de Hollywood. Nuevamente me asaltó la idea del reggaeton. Esto me llevó a pensar que si estuviera escuchando alguna canción poco memorable, tal vez me tomaría una licencia poética y falsificaría la crónica del nacimiento de mi primer hijo, por aquello de mantener cierta dignidad estética… Finalmente, entre el torbellino del flujo de conciencia que estaba experimentando, mis ideas se ordenaron un poco y pensé entonces que faltaba poco, que todas esas sensaciones que saturaban mis sentidos y que me impedían pensar con claridad tenían un fin: Diego. Esto no alivió el dolor, ni aceleró el tiempo, pero sí me dio perspectiva. Pensé entonces en mi abuela Gloria, pensé en Amoña y en Mamana. En los sopotocientos hijos que se tenían en otra época, sin tanto avance médico, sin anestesia. Pensé que en todos los miles de cuentos que me echaron las abuelas en mis meses de embarazo, en todas las anécdotas de sus respectivos partos, nunca me hablaron de lo duras que serían esas horas, de lo profundo del dolor. Sólo había un hilo conductor en sus historias: una misma emoción. Hoy, cinco meses después, lo entiendo perfectamente.

Y lo más extraño de toda la nebulosa pre-epidural: sentí a mi abuela Nora. La sentí con claridad. Jamás he sido una persona supersticiosa. Religiosa y devota, menos. No recé en ningún momento. Sólo hubo un instante, justo cuando pasábamos frente al oscuro Bushy Park, en que pensé: “Dios, voy a tener un hijo”. Pero no recé, no pedí nada. De hecho, sigo creyendo que apelar a Dios sólo en esos momentos cruciales es infantil y fetichista. Pero ése es tema para otra discusión… Lo raro de este asunto es que nunca fui muy unida a mi abuela, pero por alguna razón, a pesar de mi incredulidad, de mi poca fe, sentí su presencia todo el tiempo, en especial cuando estaba amaneciendo. Recordé que cuando todavía estaba de novia con Hugo, una vez me comentó, sin preámbulo y sin elaborar mucho, que ya algunas de sus amigas eran bisabuelas… En ese desbarajuste de ideas, pensé en lo desordenado que es el destino: la bisabuela más joven de Diego no lo iba a conocer. Aparte de estos pensamientos aislados, la verdad es que no hay una explicación para esa sensación que tuve. Desde que me acosté la noche anterior, simplemente tuve la imagen de Nora en mi cabeza y punto. Habrá quienes interpreten esto como algo sobrenatural, o simplemente como un mecanismo psicológico de comfort. Sea como sea, ojalá en más ocasiones me sintiera tan acompañada como ese día…

Todo lo que pasó entre la epidural y el nacimiento de Diego fue más borroso aún, pero el episodio de la anestesióloga es digno de ser relatado. Pasó más de una hora entre la sentencia –también kafkiana- de Rubi y la aparición de la doctora. Justo antes de que llegara, me hicieron otra “evaluación” (me niego rotundamente a usar el eufemismo “tacto”), y ya tenía cuatro centímetros de dilatación. La doctora era una mujer de unos 50 años, bastante seca –casi despiadada. Supongo que en sus años de experiencia profesional aprendió el poder que le confiere esa agujita llena de placer. Me hizo unas preguntas de rutina, tan mecánicamente que tal vez ni siquiera prestó atención a mis respuestas. Alergias, operación de espalda, etc. Tuvo un pequeño altercado con Rubi, quien intentó ponerme una vía en la muñeca sin mucho éxito (pero con un gran morado). Le explicó, molesta, que siempre debía intentar poner la vía en el revés de la mano, para no lastimar la vena, tal como había hecho. Y descargando sobre mi pobre mano su molestia, en cinco segundos me pinchó y me enteipó. Luego me dijo, como quien lee un manual para ensamblar una aspiradora: “te voy a explicar cómo es el procedimiento te vas a poner de lado en posición fetal apretando las rodillas contra el pecho tu esposo te va a sostener las piernas y tú no te vas a mover en absoluto aunque tengas una contracción porque mientras dure la aplicación de la anestesia vas a sentir unas dos o tres lamentablemente no se puede hacer más rápido es vital que no te muevas primero vas a sentir un pinchazo que te va a arder unos ocho diez segundos ésa es la anestesia tópica para dormirte el área donde te voy a insertar un catéter el catéter es este tubito finito que te voy a meter en la mitad de la espalda no te preocupes que no lo vas a sentir y no se te va a salir porque te lo voy a fijar bien con estos adhesivos una vez que introduzca el catéter la epi comenzará a hacer efecto en unos quince a veinticinco minutos”. Puse todos mis sentidos en entender cada palabra que dijo, porque sabía que de eso dependía mi supervivencia en las próximas horas. Hice todo al pie de la letra y en cuestión de minutos fui feliz. No sin antes pasar unas cuatro contracciones hecha un ovillo, con tres personas sobre mí…

No creo que hayan pasado quince minutos. Me parece que sentí alivio inmediatamente. Estaba agotada, pero feliz.


Cuando la doctora se estaba despidiendo, sin ningún tipo de recato le dije: “You are an angel”. Por fin la mujer de hielo esbozó una sonrisa, y me respondió: “Me lo dicen bastante”.

Creo que dormí un poco. Otras enfermeras llegaron, Grace y Evelyn, ambas estudiantes. Vino el Profesor O’Herlihy y un par de enfermeras senior. En esta evaluación ya tenía siete centímetros. Ahora toda mi atención (junto con mi paranoia y los diez mil cuentos terroríficos de partos complicados) estaba fija en un monitor, un numerito verde que me decía cómo estaba el corazón de Diego. Sentía la voz de María Isabel, mi doctora en Caracas, diciendo: “Por nada del mundo dejes que los latidos del bebé bajen de 80”. Pocas veces en la vida uno se siente tan desamparado, tan impotente y tan debilucho como cuando el numerito marca 79. Seguro Freddy y mi hermano estarán muertos de risa, pensando que mi pesimismo no tiene límites, pero les garantizo que en esta ocasión no se trata de eso. Éste es un miedo real, pavor al error humano. Un par de veces el cinturón del monitor se desajustó, y juro que nunca le había escuchado ese tono de voz a Hugo, casi gritando “Nurse!”.

Cuando finalmente Rinda, la partera, me dijo: “It’s time”, todo el sueño y el cansancio se disiparon, como si nunca hubieran existido. Rinda era india; se veía tranquila, segura de lo que hacía. A pesar de eso, yo no podía dejar de pensar dónde demonios estaba metido el profesor O’Herlihy. Rinda y las estudiantes estaban preparando todo. Se pusieron los guantes y unas batas tipo de carnicero y comenzaron a darme instrucciones, y nada que aparecía el profesor. Rinda me puso en posición, y me explicó que durante cada contracción tenía que pujar al menos tres veces, barbilla al cuello, con el abdomen y no con la cara (“apretar la cara no va a hacer que el niño salga más rápido”, nos había dicho una enfermera en el curso prenatal). También me dijo que ella estaba viendo mis contracciones en el monitor, y que me indicaría cuándo pujar, pero la verdad es que tenía bastante sensación, así que era yo, más bien, la que le decía que ya estaba lista para hacerlo. Le ordenó a una de las muchachas a que le avisara al doctor que ya íbamos a empezar. Pensé que esperararíamos a que llegara, pero un par de minutos después yo ya estaba pujando. Me dijo que usualmente el bebé tardaba en coronar unos 40 minutos, pero a la tercera pujada ya se le veía la cabezota a Diego. Rinda levantó la mirada y le preguntó a la muchacha: “¿Ya llamaste al profe?”. Yo estaba atenta a cada gesto de las mujeres. Quería leer cada expresión, cada inflexión de sus voces, no quería que se me pasara nada por alto. Sentía que de ese modo iba a estar en total control de la situación (ya sé… he visto demasiado ER…). Evelyn, la estudiante con más experiencia, estaba muy seria. Creo que le llegué a preguntar si pasaba algo, pero sonrió y me dijo que no, que todo iba bien. Rinda nos preguntó de qué color creíamos que tendría el pelo el bebé, y Hugo le contestó que estábamos seguros de que sería calvo al nacer. Las enfermeras sonrieron triunfantes. Pues no, tiene muchísimo pelo, y bien oscuro, dijo Rinda. En ese momento me preguntó si quería tocarlo. Mi reacción inicial fue, en criollo: “Ni de vaina”, pero enseguida recapacité. Esto es algo que sólo pasa pocas veces en la vida, así que aquí voy… Y como magia, Diego se hizo real. Dejó de ser la idea, el plan. Una realidad babosa, eso sí, pero qué sensación increíble.

A los pocos minutos apareció el profesor, finalmente, y creo que fue en ese momento en que en realidad empecé a pujar con todas mis fuerzas. Sé que contar esto le va a arrebatar el encanto al momento, pero la verdad es que mi mente seguía elucubrando cosas raras, que el lector tiene derecho a conocer. La mayoría de los lectores sabrá que durante tamaña tarea, muchas mujeres expelen más que al muchacho en el parto. Ante esta idea, su servidora, quien escribe esta crónica, tenía un ataque de pudor inconmensurable. Me parecía estética y literariamente inconcebible que el momento sublime del alumbramiento se viera trastornado por la presencia escatológica. En un acto que seguramente ahora resulta muy cómico, antes de comenzar a pujar les pedí sinceras disculpas a Rinda y acompañantes, si en el proceso salía algo indeseado. Las estudiantes casi sueltan la carcajada, y Rinda elegantemente me respondió que no sería la primera ni la última vez que eso sucedería. A pesar de mi advertencia apologética, debo confesar que mis primeros esfuerzos estuvieron fuertemente moderados por la idea terrorífica. Pero cuando el doctor llegó, cuando comentó que ya era inminente la presencia de Diego, cuando me dijo que faltaban apenas unas pocas contracciones más, y que tenía que ponerle todas mis ganas al asunto, entonces la vergüenza que tenía unos minutos atrás desapareció por completo. Me importa un pepino, seguí pensando. Si en algún momento no voy a sentir pena en mi vida es éste. Entonces, mientras pujaba, y mi abuela estaba parada a mi lado, sentía más y más energía, más deseos de ver a Diego, más emoción. Estaba lúcida como no lo había estado tal vez en semanas. Me sentía ligera, y esa posición retorcida, cual escorzo renacentista, se me hizo natural y cómoda. Tanto así, que no me di cuenta del paparazzi que tenía parado a mi izquierda…

Varios minutos después, en medio del esfuerzo probablemente más intenso que haya experimentado jamás, escuché la voz de Rinda y del Profesor O’Herlihy diciendo: “Don’t push, stop, don’t push”. Y un segundo después, con los ojos abiertos de par en par, y aún incrédula, vi cómo Diego salía de mí. Perfecto. Completo. Azul como un pitufo. Moviéndose, respirando. Yo no sé cómo lo hizo, pero en cuestión de segundos Hugo tomó fotos, grabó videos, cortó cordón y cargó al muchacho.


Cuando lo pusieron sobre mí, del otro lado del telón, algo explotó, algo se derramó, algo me comprimió el pecho, me quemó la garganta y el cuello, y no pude parar de llorar. Y no me importa, como Hugo pensó en algún momento, que vean esa foto en que salgo llorando a moco tendido, porque ése es el llanto más honesto que he echado en mi vida.


De hecho, escribo estas palabras cuando han pasado cinco meses de ese momento, y las lágrimas se me siguen saliendo. Horas antes de eso, Francis me lo había dicho: “Ceci, cuando te pongan a Diego encima…”. Y no había podido terminar la frase. Lo mismo me había dicho Eri. Es algo que no se puede explicar racionalmente. Todo el instinto animal se despierta ese día. Todo el celo, en el verdadero sentido de la palabra, se apodera de uno y no provoca soltar más nunca al cachorro. Es mío, es mío, sentí. Nada nunca podrá ser tan mío como él. Nada se posee tanto como un hijo, y a la vez, al verlo llorar y moverse, al sentirlo respirar, supe que él es otro, que no me pertenece; que, por el contrario, yo le pertenezco a él. Repito lo que ya había dicho, porque no tengo otras palabras para describir lo que sentí. No hay matiz cómico en esta parte del relato.


Lo que sí tengo que aclarar ahora es por qué salgo con lentes en las fotos, como algunas personas me han comentado. Se trata de un motivo técnico: no se permite entrar con lentes de contacto al quirófano, y como en realidad uno no sabe si necesita una cesárea de emergencia sino hasta el minuto antes de que la tengan que practicar, pues recomiendan que no los lleven puestos aunque se trate de un parto natural. Y como comprenderán, a pesar de la borrachera psicológica, del cansancio, de la nebulosa, y del flujo de conciencia trastornado, se trata de un día que uno quiere conservar cual momento Kodak en la mente. Yo, amigo lector, soy miope, así que los lentes son una extensión de mi cuerpo. Incluso durante el parto. Y con respecto a las medias de pollito, creo que voy a ser cabalística como mi hermano, y en el próximo parto me las llevo puestas tipo amuleto de buena suerte…
[Por cierto, incluso el profesor me hizo un comentario sobre ellas: “Cute socks”]



* * *

Quisiera contarles también de los días siguientes al parto, pero esta crónica ya está muy larga y es la 1:32 am. En vista de mi poca constancia cronística, no prometo una continuación, aunque intentaré escribirla pronto.

* * *

Después de darle varias vueltas al asunto, he decidido cerrar esta crónica casi igual que la anterior:

Sale el sol. Por fin la luz del día alumbra la habitación a plenitud. Contra el ventanal, que nos separa de Dublín y del otoño, Hugo carga a Diego, ambos con lágrimas en los ojos. Desde entonces, ya no somos los mismos.



Muchas cosas han cambiado desde el 13 de octubre. Con un bebé, las cosas más esenciales vuelven a tomar precisamente esa dimensión: lo esencial, lo básico, lo importante. El concepto de familia, de crianza, de amor, todo se redefine. Más allá del milagro del parto, de lo increíble de esas pocas horas, de lo sorprendente que es ver crecer a Diego, algo que nos marcó para siempre de ese día fue la cantidad de mensajes que recibimos literalmente de todas partes del mundo. Sé que algunos amigos se reirán al leer esto y le achacarán mi cursilería a las hormonas y a la maternidad. Está bien, me rindo… Pero lo cierto es que somos muy afortunados de tener tan buenos amigos en todas partes. A veces pienso que con lo cínicos que somos Hugo y yo, no lo merecemos. Para todos aquellos que nos llamaron y escribieron, aunque a muchos –la mayoría- no les devolví los mensajes, tengan la certeza de que Diego va a crecer sabiendo que el día en que nació lo pensaron desde cada rincón del mundo.

Por último, no puedo terminar esta crónica sin hacer referencia a su título. En sí, el parto es una experiencia despiadada. Los cambios físicos y emocionales del embarazo son cataclísmicos. El dolor del parto es algo que no tiene comparación (y no me vengan a decir que un dolor de bolas es igual…). Sin embargo, repetiría mil veces esos nueve meses y ese 13 de octubre, minuto a minuto. No sé si Dios existe o no. No pretendo hacer de esta crónica una discusión teologal (ésa fue una pequeña licencia poética que me tomé en la introducción para enganchar a los lectores devotos). Tampoco voy a caer en el lugar común de afirmar que el nacimiento de un hijo es la prueba última de la existencia de Dios. Cada quien con sus creencias. Lo que sí puedo afirmar, ahora con toda la seriedad del mundo, es que a pesar de haber descrito el parto como una tortura griega o como un castigo bíblico, la experiencia de dar a luz hace que valga la pena cualquier dolor de vientre, cualquier molestia menstrual, cualquier chiste pesado machista que se haya soportado en la vida. Ser mujer es una maravilla. Y si Dios es misógino por haber hecho el parto como es, ¡pues bienvenida sea la misoginia!




Saludos, y hasta la próxima crónica,
C.

PD: Algunas personas han comentado que las fotos del parto que publicamos son PG13. Como diría Pepe: ¡AHÓMBRENSE!