Cronicas Dublinenses

La reedición de las Crónicas Pisburianas, ahora con Diego y Andrés

miércoles, agosto 18, 2010

IN MEMORIAM


A la madre Tomasa Martínez

El mechón de pelo liso y negrísimo (con alguna cana impertinente) desafía la gravedad y se columpia de un lado a otro sin terminar de soltarse de las amarras del velo. Las carcajadas de mezzosoprano resuenan en las paredes de baldosas verdes. Los ojos negros presionan e interrogan, pero sin malicia, sin aterrorizar. Su figura es pequeña pero imponente. El olor del hábito (talco, naftalina) se queda como estela en el aire. 
 
Érase un hombre a una nariz pegado,
érase una nariz superlativa,
érase una nariz sayón y esquiva,
érase un peje espada muy barbado.

* * *

¿Cuál es el primer recuerdo que tengo de Tomasita? Estoy segura de que es alguna imagen borrosa de ella junto con Adita dictándonos esas palabras tipo “ascensor”, “piscina”, que formaban parte de las pruebas de Pedagogía de primaria. Aunque estoy convencida de que estos son mis recuerdos más antiguos, el que se me antoja primero es el de un día de clase en séptimo grado “B” (año 1992). Algún profesor estaba enfermo y ella le hacía la suplencia. Nos leyó “Oda a la cebolla”.
 
Cebolla
luminosa redoma,
pétalo a pétalo
se formó tu hermosura,
escamas de cristal te acrecentaron
y en el secreto de la tierra oscura
se redondeó tu vientre de rocío.

* * *

No le gusta la tarima del salón. La distancia –física, catedrática– no va con su estilo. Usa poco el pizarrón. Su instrumento es la voz y la imaginación. Se desliza entre los pupitres, rozando con el hábito y con sus palabras a cada alumna.
 
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis 

Yo nunca le veo la cara. Paso la clase entera escuchando sus manos, regordetas y pequeñas, pero con dedos finísimos. Las manos proclaman, estallan, son abanicos, son montañas, pueblos y naciones.
 
¡Fuenteovejuna, todos a una!
La vida es sueño y los sueños, sueños son.
La llanura es bella y terrible a la vez…

* * *

A diferencia de Ceci, yo sí le veo la cara. Mis ojos desbordan emoción, asombro, ingenuidad ante lo desconocido, ansiedad por un mundo todavía ajeno. Ella se topa con mi mirada y me responde. No miento si digo que desde entonces esos ojos negros se hicieron cómplices de los míos. Ese día comenzó una conversación silenciosa que se mantuvo a lo largo de los años.

* * *

En la vida de un lector hay textos y personajes que marcan para siempre. Curiosamente, no todos los personajes están dentro de los textos. Muchos años después me encontré a mí misma en ese mismo salón de baldosas verdes recitando, con cierto temblor en la voz, esas palabras que determinaron el curso de mi vida académica. Yo sí usaba la tarima. No tenía (aún no tengo) esa presencia de los verdaderos maestros. La confianza en mis palabras no me daba para bajar el escalón y seguir estando elevada del resto.

En el castillo que últimamente acaba de adquirir Lesbia, esta actriz caprichosa y endiablada que tanto ha dado que decir al mundo por sus extravagancias, nos hallábamos a la mesa hasta seis amigos. Presidía nuestra Aspasia, quien a la sazón se entretenía en chupar como una niña golosa un terrón de azúcar húmedo, blanco, entre las yemas sonrosadas. Era la hora del chartreuse. Se veía en los cristales de la mesa como una disolución de piedras preciosas, y a la luz de los candelabros se descomponía en las copas medio vacías, donde quedaba algo de la púrpura del borgoña, del oro hirviente del Champaña, de las líquidas esmeraldas de la menta.

Estando en la otra orilla, como alumna, la mañana en que Rubén Darío se hizo con la garganta de Tomasita y declamó el primer párrafo de “La ninfa”, supe inequívocamente que iba a estudiar Letras.

Hace poco más de un mes se lo hice saber. Parca en la expresión, pero apenas pudiendo contener una sonrisa, sólo me contesto: “Ah, pues si no me lo dices ni me entero”. Lo que no tuve el estómago de confesarle es que no estudié Letras sólo por las palabras, las historias, las novelas. Estudié Letras para poder hacer lo que ella hacía. Bajo riesgo de tornar esta crónica de la memoria en un artículo new age, voy a escribir la palabra temida: inspirar. 

* * *

Sabía que quería estudiar Letras. Las clases de Castellano en bachillerato eran momentos de placer. Cada libro era un reto, una aventura. Personajes, historias, palabras, argumentos. Ansiaba llegar a cuarto año. Me faltaba mucho por leer (me falta mucho por leer).

Mientras escribo, pasan por mi cabeza miles de escenas de mi cuarto y quinto año. Tomasita entre los pupitres leyendo algún fragmento. Tomasita entre los pupitres repartiendo hojas multigrafiadas (visualizo perfectamente la copia que nos dio de La primera taza de café en el valle de Caracas, de Arístides Rojas). Tomasita entre los pupitres mientras escucha nuestras voces que reproducen alguna obra de teatro (El sí de las niñas, de Moratín). Tomasita entre los pupitres explicándonos la primera redacción que tenemos que escribir (tema: el paraguas).

* * *

Algunos años después, recuerdo que estaba cenando en McDonald’s con un amigo después de salir de clases. Sonó el celular, pero no reconocí el número. ¿Cecilia? ¿Cómo te va? Es Tomasita. Me contó que la transferían, que no estaba feliz con el cambio, que dejar de dar clases era un gran sacrificio, pero con su estoicismo habitual le dio un manotón al guayabo y me pidió que tomara sus clases de cuarto año. Creo que las rodillas no dejaron de temblarme por varios meses. Pararse frente a un salón de adolescentes no requiere más que un poco de valentía, pero pararse a dar clases, a influir de algún modo en la formación del grupo, a exponer las vulnerabilidades de ambas partes, eso ya es otra historia. Hay que ser una especie de adrenaline junkie, de kamikaze o de lunático. Para colmo, me tocaba llenar unos zapatos que me quedaban enormes. Pero no pude decir que no…

Más allá de las dificultades habituales de enseñar en bachillerato, algo que no me esperaba era la resistencia al placer. Al placer de las palabras, claro está. Al arrebato que se puede llegar a sentir al leer una historia, un poema. Me di portazo tras portazo con mis alumnas. Dar clases se convertía, por momentos, en una negociación, en una campaña publicitaria, en un acto de malabarismo. Pero también hubo momentos de epifanía: preguntas inteligentes y desarmantes, cuentos hermosos, palabras de agradecimiento, camaradería. No sé si ese año llegué a “inspirar”, pero definitivamente salí inspirada. Una vez más, mi maestra me había dado una lección de vida.

* * *

Hoy en día la muerte se anuncia por Facebook y Blackberry. Hoy me enteré de que mi mentora había muerto. Hace poco más de un mes, conversando casi a gritos e interrumpidas por un chaparrón de esos que sólo caen en el trópico, nos despedimos de ella con la secreta convicción de que se iba a recuperar. Nos dijo que estaba dejando todo en orden. Sus cosas en la dirección del colegio, su cuarto atestado de libros. Su corazón ya estaba en orden. Salí de ese lugar que es tan mío, el colegio, con un nudo en la garganta. Las despedidas son despiadadas.

* * *

Han pasado más de diez años. Estoy de visita en Caracas. Sé de la enfermedad de Tomasita. Ceci me avisa que está en el colegio. No puedo dejarlo pasar. Y allí estamos, conversando casi a gritos e interrumpidas por un chaparrón de esos que sólo caen en el trópico. Ella está igual, un poco hinchada, pero con la misma mirada de siempre. Nos escucha, la escuchamos. No sé si ella sintió lo mismo que yo, tampoco sé si Ceci sintió lo mismo que yo. Tres cómplices de las letras. Tres personajes de una misma historia. Distintos argumentos. Una misma pasión.

* * *

En un balance final, supongo que muchas de las que estudiaron conmigo también fueron tapias, más que alumnas. Sin embargo, estoy segura de que todas recuerdan con cariño a esa anti-monja que nos mandaba a escribir cuentos, que refunfuñaba cuando perdíamos horas de clase en misa, que recitaba a Sor Juana Inés de la Cruz con los ojos entrecerrados, que se convertía en verdugo cuando había mala ortografía.

Hay gente a quien se le hace fácil y natural enseñar; otros tienen que sudarlo. Me incluyo en este último gremio; sin embargo, rememorando el vértigo que sentí en el estómago aquella mañana en que la escuché recitar a Rubén Darío, sigo irremediablemente atada a ese compromiso que es la docencia y a ese placer que es la palabra escrita, con la esperanza de que alguna vez le llegue a alguien del modo en que Tomasita me llegó a mí.

* * *

Nunca fui una alumna de veintes, pero creo que ella veía en mis ojos la necesidad de su reconocimiento. Y sin duda lo tuve. Muy a su manera, con su apoyo al grupo de teatro Terminus, con sus miradas cómplices esperando la respuesta acertada en alguna intervención en clases, con su saludo cariñoso, con sus consejos, con sus recomendaciones, con sus confesiones, Tomasita me hizo saber que estaba orgullosa.

Tomasita está sentada en la mesa de los profesores, mientras el salón entero completa uno de sus exigentes exámenes. Escribo, escribo, escribo. Las palabras saltan a la página en blanco. Debo responder todas las preguntas, tengo que saciar mi necesidad de demostrar todo lo que la literatura me da. Ella lo sabe, está ahí, sigue ahí.

* * *

Está lloviendo en Dublín. Es un día triste. De pronto he recordado un poema que siempre recita mi abuelo. Se me ocurre que Tagore lo escribió para Tomasita:

El último viaje 

Sé que en la tarde de un día cualquiera
el sol me dirá su último adiós,
con su mano ya violeta,
desde el recodo de occidente.

Como siempre habré musitado una canción,
habré mirado a una muchacha,
habré visto el cielo con nubes
a través del árbol que se asoma a mi ventana.

Los pastores tocarán sus flautas
a la sombra de las higueras,
los corderos triscarán en la verde ladera
que cae suavemente hacía el río;
el humo subirá sobre la casa de mi vecino...

Y no sabré que es por última vez...

Pero te ruego, Señor: ¿podría saber antes de abandonarla,
por qué esta tierra me tuvo entre sus brazos?
Y, ¿qué me quiso decir la noche con sus estrellas?
Y mi corazón, ¿qué me quiso decir mi corazón?

Antes de partir, quiero demorarme un momento, con el pie en el estribo,
para acabar la melodía que vine a cantar.
¡Quiero que la lámpara esté encendida para ver tu rostro, Señor!
Y quiero un ramo de flores para llevártelo, Señor,
sencillamente.

* * *

Hoy en Madrid ha sido un día caluroso. El sol reina sobre un cielo azul sin nubes. Me entero por un mensaje de Ceci que Tomasita descansa en paz. No puedo dejar de pensar en ella. No puedo evitar que en mi mente se reproduzcan, como escenas de una película, líneas enteras de los libros que leímos con ella. No puedo dejar de pensar en lo afortunada que he sido. Doy las gracias.

Está anocheciendo. Mi habitación me recuerda la descripción que Tomasita nos hizo de la suya. Una cama y libros, libros, libros. No sé si algún día llegue a marcar la vida de alguien como ella marcó la nuestra. Me conformo con saber que tuve el placer de conocerla, de ser parte de su historia, de ser un personaje más. Me conformo con cumplir día a día con mi trabajo de editora de textos. Sé que de esta manera estaré homenajeándola todos los días, porque cada vez que me enfrento a un texto, cada vez que corrijo, Tomasita está ahí, a mi lado. La de hoy es una escena triste pero la obra, como siempre, debe continuar.


Beatriz Castro y C. Egan
Madrid / Dublín, julio de 2010
Artículo original en ReLectura.
Fotos robadas del grupo de exalumnas de FB.

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martes, agosto 17, 2010

MAÑAS FAMILIARES


Abuelo, ¿puedo leer ese? 
No, hija, usted todavía está muy pequeña.


La biblioteca del abuelo está en el sótano de la casa. Toda la parte de abajo es un bloque amarillo que va de punta a punta (su colección de National Geographics). Cuando tenía 11 años, haciendo acrobacias para llegar a los estantes más altos, una carátula me llamó la atención. Tenía una pintura dramática. Un tipo absolutamente abatido, abrazado a un viejo miserable.

A pesar de la negativa, la novela apareció al alcance de la mano sobre su baúl un par de horas más tarde. No sé si lo hizo a propósito, pero ese libro “al descuido” era una invitación a transgredir. Era El conde de Montecristo. Dos tomos. Recuerdo que era una edición Oveja Negra barata (había páginas repetidas, otras pegadas), pero también recuerdo que pasé días encerrada en el sótano leyendo sin parar, casi sin respirar. El abuelo parecía indiferente ante el hecho de que el libro ya no estuviera sobre el baúl, y como la transgresión no es tal si la figura de autoridad no la descubre (y reconoce), me le planté en frente y se lo devolví en la mano. "Ya me lo terminé". "¿Y qué le pareció?" "Buenísimo... Sí lo entendí todo". El abuelo sonrió y siguió leyendo.   

*   *   *

Esta vez no quiero hacer ninguna anti-reseña, ni despotricar sobre mi falta de tiempo para la lectura.  En esta ocasión quisiera hablar de mis abuelos.
Me he preguntado una y otra vez si el gusto por la lectura es una predisposición, como la que uno puede tener para desarrollar miopía o mala dentadura. O si es un hábito que se fomenta por imitación y repetición. O una mezcla de las dos cosas. Supongo que debe haber batallones de eruditos estudiando esto, buscando métodos más efectivos para promover la lectura, tratando de convencer a los descreídos de que un libro es mejor que la televisión. A mí este asunto nunca me preocupó porque yo crecí leyendo. Nunca fue una imposición ni nadie tuvo que hacer un esfuerzo consciente para que me gustara. O al menos eso es lo que yo creí hasta que fui mamá. Ahora me la paso pensando cómo hacer para que mis niños lean. Ahora, por primera vez, me detengo a pensar qué tuvo de particular mi niñez como para que la lectura fuera algo natural.
Cuando pienso en literatura, en el concepto como tal, la imagen que me viene a la cabeza es la de mi abuelo sentado en su sillón, con una radio viejísima color verde militar a su lado, escuchando Radio Nacional. Un libro en la mano y otro sobre el baúl. Pero para mí la literatura no entró solamente por los ojos sino, principalmente, por los oídos. 
Cuando era pequeña, lo que más me gustaba de los fines de semana era quedarme a dormir en casa de los abuelos. La abuela, criatura noctámbula, se sentaba en la orilla de mi cama y podía pasar horas haciéndome cariños en la cabeza mientras me contaba historias boconesas, declamando árboles genealógicos completos (los Matera, los Sardi, los Miliani, los Pino, los Bocaranda, los Anselmi, los Iturrieta, los Dubuc, los Briceño, los Ruiz, los Azuaje…) Historias con monjas buenas, tíos escondiéndose de los gomecistas, nonnas italianas, serenatas, cocinas de fogón y cuestas empinadas. 

Es que la memoria es otro miembro de la familia. Yo nunca reparé en esto –tan normal era andar en la casa aprendiendo poemas, retahílas y juegos de palabras. Recuerdo que mi hermano, apenas aprendiendo a hablar, ya se sabía “Las lombricitas”, de Aquiles Nazoa. Pero esto no es extraño. Yo no conozco a abuelo desmemoriado (más allá del Alzheimer y otras vilezas de la vejez). Mi abuela es capaz de recitar algo que aprendió en el colegio hace más de setenta años, como si lo hubiera estudiado ayer (los afluentes del Orinoco, por ejemplo, es uno de sus clásicos). Ellos vienen de una generación oral. Las noticias, si no eran de boca en boca, se escuchaban en la radio. El estudio entraba por memorización y repetición. La poesía era parte de la cotidianidad, como lo era comer o trabajar (me estoy poniendo romántica y estoy lamentando haber usado tanto pizarrón y power point dando clases…)
La avidez de aprender, algo que el abuelo no ha perdido a sus 92 años, se podía satisfacer por los oídos. Hasta hace no mucho, el viejo hacía represas. Pasaba meses (años, en realidad) durmiendo en campamentos, metido en un monte sin más distracciones que sus libros y sus cursos de ruso por cassette. La época del email, Rosetta Stone y televisión por cable estaba a años luz. Todo esto me lleva a pensar en el gusto por la literatura como materialización de la palabra dicha. Hoy en día, por el contrario, ya no se le tiene fe a la palabra. Si no viene acompañada por una imagen, la pobre vale muy poco.  
Y palabras es lo que abunda en esa casa, aunque el abuelo es parco en su crítica literaria. Parco, pero despiadado. Hace poco le presté El hombre solo, de Bernardo Atxaga. Al día siguiente me dijo indignado que no le prestara más libros de ese estilo. Le di, entonces, Soldados de Salamina. Misma historia: no quería leer más sobre la Guerra Civil. "¿Pero te los terminaste?" "Claro", me respondió casi ofendido. El abuelo es difícil de complacer. Borges, "ese muchacho", no le disgusta. Travesuras de la niña mala le entretuvo ("ese peruano es una cosa seria, hija"). El abuelo es un duro; lo suyo son los rusos y los clásicos. Estoy segura de que si él escribiera un libro, sería algo tipo El puente sobre el Drina. Mi abuela, por su parte, haría algo como Memorias de Mamá Blanca.
*   *   *

Ya estoy en mis treintas y mis abuelos siguen vivos. Soy así de afortunada. El abuelo se queja de que ya no le funciona la memoria como antes. Cinco minutos después, recita tres páginas seguidas de El reino de este mundo o del Quijote, o algún poema de Rabindranath Tagore. O detalla algo que le pasó en los años 40 con el mismo fervor como si le hubiera ocurrido diez minutos atrás. Su fórmula mágica para iniciar los relatos –para invocar a las musas, para convocar a su audiencia– no es “érase una vez”, sino “yo conocí a un ingeniero”. Nosotros crecimos con estos cuentos.
García Márquez no inventó nada nuevo. En la adolescencia, hablando con unas amigas turca y albanesa, descubrí que su libro favorito era Cien años de soledad. Les encantaba lo “fantasioso” de la novela. Levanté una ceja y les pregunté a qué se referían. En mi cabeza latinoamericana, cada anécdota de ese libro era completamente factible. Me consta. Algún cuento parecido le escuché a la abuela seguramente. Lo valioso, al menos en mi ingenua capacidad crítica, era cómo García Márquez había logrado entretejer un corpus de historias tan familiares para todos aquellos que hemos tenido la suerte de crecer con nuestros abuelos.

Pensando en retrospectiva, ahora me doy cuenta de que mi trabajo con los niños es evocar, narrar, desarrollar el gusto por la anécdota cotidiana, por el efecto mágico de la palabra (primero oral, luego escrita). No hace falta contar peripecias, historias asombrosas o macabras, mucho menos embutirlas de moraleja. Simplemente acostumbrarlos a escuchar, invitarlos a participar en la historia. Rescatar el valor de la palabra.
No hay fórmula garantizada, claro está. Es curioso que de los cinco hijos de los abuelos, sólo una es lectora asidua. De los cuatro nietos que nos criamos con ellos, tres somos lectores y otro no. Vuelven las dudas: lo innato vs. lo adquirido. No me voy a arriesgar y dejarlo todo en manos de la biología. Voy a hacerle caso al Padre Tejedor y dedicarle unos minutos al día a ejercitar la lengua y la memoria:
En el viaje al aprendizaje
la voluntad es el motor;
el entendimiento, el mentor;
y la memoria, el equipaje.
¡Y sin equipaje no hay viaje!




Dublín, abril 2010.
Artículo original en ReLectura.
Fotos tomadas por Eduardo Cedeño.

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lunes, agosto 16, 2010

CRÓNICAS DE LA GASTRONOMÍA PERUANA

Las pasadas Crónicas de la anti-lectura causaron un poco de revuelo porque algunos de los seguidores de ReLectura esperaban una franca y abierta promoción de la actividad literaria. Otros se ofendieron porque le achaqué a la maternidad mi falta de compromiso con las letras. Para tratar de resarcirme con uno y otro grupo, aquí les va otra crónica que trata de combinar la monotonía de la rutina doméstica con el incentivo a la lectura.
Aprovecho para felicitar de corazón a aquellas mujeres que pudieron leer, hacer postgrados, escribir libros, viajar y ganar premios mientras amamantaban y criaban muchachos. Pertenecen, sin duda, a otra casta. Yo, por mi parte, desahogo mis frustraciones literarias en la cocina. Sin darme cuenta, me he transformado en mi abuela. “El niño tiene que alimentarse bien y variado”. La nevera, siguiendo los lineamientos filosóficos de Guaco, siempre debe estar full. De este modo, lo que comenzó como una afición es ahora una obsesión. Las pocas veces que tengo chance de ir a una librería, paso de largo los estantes con las novedades en ficción, biografías e historia. Voy derecho a la sección de cocina. Mi faceta literaria puede haber disminuido, mas no así mi biblioteca culinaria o mi cintura…

Pero volviendo al asunto que nos ocupa… Hace algún tiempo, el maestro Luis Yslas lanzó en Facebook una de sus preguntas filosóficas: “¿Qué quieres ser cuando seas grande?” Sin pensarlo dos veces, respondí “peruana”. Muchos quieren viajar al Perú a conocer Machu Picchu, Cusco, Nazca. Yo no. Yo quiero pasear por Miraflores, ir a almorzar al Club Nacional o a la Rosa Náutica. Quiero echarle un ojo al Leoncio Prado, ver el cielo gris de Lima (“la ciudad más fea de América”, mi papá dixit). Yo quiero comer chifa, causa, ají de gallina, carapulcra, ocopa y tacu tacu. Quiero tomar chicha morada y pisco sour (aunque todos sabemos que el pisco es chileno, mi abuelo dixit). El origen de mi fascinación por lo peruano se debe, sin duda alguna, a Don Mario, pero de él hablaré más adelante. Aparte de Don Mario y sus enseñanzas, he tenido la suerte de conocer a peruanos maravillosos que me han hecho ver que, salvando ciertas distancias históricas, somos la misma porquería. El mantuanismo limeño es igual al caraqueño. El show de la política no es muy diferente tampoco. Ellos tienen a la Chola Chabuca, nosotros a Perolito y Escarlata. Ellos tenían al loco Abimael, nosotros tenemos otro tipo de locos que no hace falta mencionar. La gran diferencia, a mi parecer, resta en los escritores y en la cocina…
Digan lo que digan (y que me perdone mi querido profesor Sandoval), en Venezuela no se ha producido nada del calibre peruano. No es mi tarea en esta pequeña crónica indagar por qué razones socio-históricas Perú ha producido a tipos como el Inca Garcilaso de la Vega, Guamán Poma de Ayala, Ricardo Palma, José Carlos Mariátegui, César Vallejo, José María Arguedas, Ciro Alegría, Julio Ramón Ribeyro y un largo etcétera. Sin mencionar a Alonso Cueto, Iván Thays, y tantos otros escritores contemporáneos que se me están escapando por el exceso de progesterona en mi sistema…  
Qué ha hecho que Perú figure en el mapa literario, en especial en los últimos cien años, me resulta tan misterioso como entender por qué la cocina peruana no es más conocida e imitada. Supongo que la falta de promoción se debe a un tema de geografía. Si Perú fuera el vecino de Estados Unidos, la historia sería muy distinta. Tal vez no se hablaría de Tex-Mex, sino de Inca-Tex, o algo por el estilo.  
Como en el resto de América Latina, la cocina peruana es un papiamento de ingredientes y sazones. Se encuentran muchos elementos europeos (las aceitunas negras y el huevo duro, por ejemplo, suelen coronar una buena cantidad de platos), pero no faltan los ingredientes autóctonos: la palta (nuestro aguacate), el achiote (nuestro onoto), variedades impensables de papa y maíz, y el secreto de la sazón peruana: el ají. Amarillo, rocoto (que en los Andes venezolanos se conoce como ají forote), mirasol, panca… La lista es larga y deliciosa. A diferencia de la cocina mexicana, que suele secar y tostar los “chiles”, en la gastronomía peruana la norma es la pasta de ají (un licuado de ají, algunas especias y vinagre). Lo que más llama la atención es la sutileza del picante peruano, que no opaca el sabor de la comida y que le confiere a sus platos otra dimensión (junto con el toque ácido del limón o del vinagre). Ni hablar de la cantidad industrial de platos con pescados y mariscos (no en vano Perú tiene 2.414 km de costa pacífica). 
Pero hay más aún: la chifa. Así se le llama a la fusión de comida china cantonesa con la sazón peruana. La historia no es muy complicada: entre finales del siglo XIX y principios del XX, una oleada migratoria llevó a los llamados “culis” (o coolies) hasta la costa del Perú a trabajar en la construcción del ferrocarril y en haciendas algodoneras y azucareras. Los chinos se fueron adaptando al clima y a los ingredientes, incorporando al mismo tiempo elementos propios, tipo la salsa de soya, jengibre y otros vegetales antes desconocidos en la región.
Si el lector está interesado en recomendaciones particulares, aquí les van cuatro platos peruanos que no se pueden perder:

Primero en la lista, el ají de gallina es el Vargas Llosa de la cocina peruana: clásico, picante, lleno de textura, nutritivo. Se trata de un plato fuerte que amalgama ingredientes europeos y americanos: pollo, ají mirasol, nueces, papas, huevo, aceitunas. Cada familia tiene su lectura de este plato: está la versión picantosa con un toque extra de ají mirasol, al mejor estilo de Pantaleón y las visitadoras. La versión más balanceada, La ciudad y los perros, la que tiene una salsa cremosa que sirve de hilo conductor para el resto de los ingredientes, nueces crujientes que rompen con la voz monótona y la suavidad del pollo y la papa, la ocasional aceituna que interrumpe los sabores tradicionales y le da un giro inesperado al plato. También hay versiones no ortodoxas, para paladares más exquisitos, como el ají de langostinos, o los ensayos críticos de Don Mario (García Márquez, historia de un deicidio, La orgía perpetua: Flaubert y “Madame Bovary”, La tentación de lo imposible, tantos otros). En cualquiera de sus facetas, el ají de gallina, así como Don Mario, nunca decepciona.  


En segundo lugar, el conocido ceviche es tipo Jaime Bayly: mucha cebolla, o mucho limón, o el pescado medio pasado, pueden arruinarlo en segundos; pero si todo está en armonía, es irresistible, sexy y refrescante. No es para todo el mundo, sin duda alguna. Hay quienes tienen alergia a los ingredientes, hay quienes no soportan la cebolla, las rodajas de ají picante (o, siguiendo la analogía literaria, el tema homoerótico de Bayly). Es cuestión de probar (con un antialérgico en la mano, por si acaso).  
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Mi tercera recomendación tiene un equivalente en nuestra propia jerga: los pinchos peruanos se llaman anticuchos. Tal como Santiago Roncagliolo, son sencillos pero no se pueden dejar de probar, y los hay para todos los gustos –de pollo, de carne, de pescado, novelas, cuentos, reportajes–. Lo mejor, a mi parecer, es la salsita… Cualquiera puede ensartar un trozo de carne en un palito, pero el secreto está en cómo se aliña y qué salsa lo debe acompañar. Jalpahuaica, huacatay, salsa de ají amarillo, la ironía, el humor, la reflexión. Como al anticucho, a Roncagliolo hay que dejarlo marinar. Hablemos en 10 años…


Por último, las papas a la huancaína son a la gastronomía lo que Bryce Echenique a la literatura: ricas pero pesadas. Hay que tener buena disposición de estómago para poder degustarlas (como Reo de la nocturnidad). Las papas a la huancaína se bañan con una salsa cremosa hecha a base de ají amarillo, galletas de soda y leche evaporada. Se acompañan con huevo duro y aceitunas negras. Son engañosamente sencillas, pero tienen muchísima sustancia y dan cuenta del mestizaje peruano (como Un mundo para Julius). Para saber de qué se trata la comida peruana, hay que probar las papas a la huancaína, sin lugar a dudas.

Si aún siguen con ganas de leer y comer, y ya que prometí una clara promoción de la lectura, he aquí mi recomendación final: El arte de la cocina peruana, de Tony Custer (con página web y todo: http://www.artperucuisine.com). Sin ánimos de ofender a los patrioteros y a los amantes del golfeado y el cachito de jamón, yo canjearía –sin pensarlo dos veces– un asado negro por un adobo de chancho, o unas hallacas por un seco de cordero; Casas muertas por La casa verde, o La enfermedad por Abril rojo. Para gustos, la cocina y la literatura.


Dublín, enero 2010.
Artículo original en ReLectura.

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viernes, agosto 13, 2010

LA NIÑEZ EN LA LITERATURA...





...O DIOS ME LIBRE DE TENER UN HIJO ESCRITOR

The happy childhood is hardly worth your while.
Frank McCourt
 
Uno hace una lista mental de las cosas que quisiera y no quisiera para los hijos. Como dice Rubén Blades:
 
Y cuando crezca, ¿qué será? 
¿Qué será? ¿Qué será? ¿Qué será?
¿Será acaso un pelotero,
como Aparicio o Clemente,
ídolo de su gente
y gloria para el béisbol?
O a lo mejor sale un genio en matemática,
un inventor,
un gran sonero
y cuidao que hasta doctor.
Y eso sí, Señor, lo pido en tu nombre:
que no me salga indeciso,
que no me salga ladrón.

En mi lista inicial, había pedido que no fuera militar ni sacerdote, que no fuera apático, que no fuera aprovechador. Pero después de leer algunas novelas autobiográficas, por favor, ¡que no me salga escritor!
 
Todo el mundo dice que la vida cambia radicalmente cuando uno tiene hijos. Eso lo sabía, pero jamás imaginé que mi perspectiva de lectora también iba a sufrir una metamorfosis a tal grado. Ahora, por ejemplo, me da un escalofrío en la espalda cuando J. M. Coetzee –despiadado– dice en Infancia (1997): “Lo que él no puede entender sobre su madre es que, a pesar de que es tan estúpida que no lo puede ayudar con sus tareas de cuarto grado, su inglés es impecable, en especial cuando escribe”.  
 
En una entrevista, un periodista malintencionado le pregunta a Frank McCourt qué habría opinado su madre sobre Las cenizas de Ángela (1996). No le habría gustado en absoluto, afirma el escritor. La crítica duele, pero viniendo de los hijos da –literalmente– en la madre. Si la señora McCourt no hubiera muerto antes de la publicación de la novela, seguramente se le habría partido el corazón al leer aquel pasaje en que Frank confiesa haberla visto mendigando un poco de comida en la puerta de la iglesia. Sin mencionar otros detalles personalísimos que el hijo narra con desparpajo e incluso con humor. Las cenizas de Ángela es una lectura que conmueve a cualquiera: una historia de miseria y privaciones que transcurre en Brooklyn, EE UU y Limerick, Irlanda, en los años 30 y 40.  Una familia rota por la pobreza, por los acentos, por la vergüenza. Pero cuando se lee desde esta perspectiva de la maternidad, entonces cada tos, cada pérdida, cada desmoralización de “Frankie” cobra un sentido más dramático. Lo curioso es que, a pesar de las memorias sórdidas, McCourt no narra con amargura. Anécdota y personajes se infiltran en la biografía con fluidez, con la inevitabilidad de lo cotidiano, casi con nostalgia. Aun así, me pregunto con cuánta soltura en realidad habrá podido escribir escenas tan dolorosas como la muerte de algunos de sus hermanos, las noches de frío o la ausencia del padre alcohólico. Me pregunto también qué hace que la mayoría de la gente borre recuerdos de infancia, mientras otros los almacenen con una claridad casi masoquista. Aquel periodista, más inquisidor que crítico literario, ha debido preguntarle a McCourt no qué habría sentido su madre, sino qué sintió él mismo al descargar casi veinte años de miseria en papel. Si la literatura, después de todo, cumplió una función catártica o si, en su lugar, se convirtió en el espejo que refleja incesantemente la imagen de lo que se ha debido olvidar.

Todo el mundo tiene de qué quejarse, supongo. Orhan Pamuk, por ejemplo, habla de su vida de niño acomodado en Estambul, memorias de una ciudad (2003). Enumera los fracasos empresariales del padre, la infidelidad, la distancia. Le dedica un capítulo a las discusiones con la madre. Aunque tampoco se trata de un recuento amargo, está lleno de incertidumbre, de la angustia que se genera en la cabeza del niño cuando los modelos se tornan defectuosos. La madre es un personaje distante pero central. Las carencias se compensan con la plenitud de la ciudad, de su casa permanentemente invadida de gente. En lugar de tristeza, Pamuk habla una y otra vez de hüzün, “una melancolía más común que privada. Sin ofrecer claridad, velando la realidad más bien, hüzün nos da confort, suavizando la vista como la condensación en una ventana cuando una tetera ha estado echando vapor en un día de invierno”. Ese tono familiar, cómodo, que asume la disfuncionalidad como parte de la rutina, tampoco amortigua el golpe que supone desnudar las fallas familiares en público. 

Philip Roth, por su parte, describe la niñez (semi-real, semi-ficcional) en La conjura contra América (2004), desde la candidez. Roth es el único que retrata a los padres con cierta moderación (acaso porque hay más ficción que realidad). En todo caso, el niño semi-ficcional narra desde el miedo, pero no necesariamente el propio, sino el que hereda de los padres. El niño observa que su normalidad se trastoca y los padres comienzan a desmoronarse. Se desmitifican, quizás, y esto resulta más confuso y atemorizante que la idea misma de ser discriminados por ser judíos en una América antisemita. La apacible vida clase media en Newark de los años 40 se llena de sobresaltos, de debates entre vecinos, de rumores y especulaciones. Más allá de los vericuetos históricos, La conjura evoca la pérdida de la inocencia en la medida en que Philip niño aprende a leer entrelíneas, a interpretar los susurros de los padres, callar los temores y darse cuenta de que sus acciones pueden llegar a tener alcances catastróficos. Y crecer con miedo es algo que los venezolanos conocemos de sobra. Sólo queda la esperanza de que los hijos rompan esa pesada tradición… 
 
Pero volvamos a Coetzee. En Infancia, escenas de una vida de provincias, el autor desea la normalidad y se autocuestiona desde la perspectiva del outsider: no es inglés, no es afrikáner, no es negro. Es la visión de la niñez desde la mortificación. Toma nota detallada de las contradicciones de los padres: desde asuntos de disciplina hasta opiniones cotidianas. Ningún padre se salva del escrutinio del hijo, pero que de esto salga un Premio Nobel es otra historia… Coetzee es crudo, tal vez porque hay un elemento de distancia: narra su autobiografía en tercera persona. La visión del otro impera; otro narra su propia vida, y él mismo se siente otro, distinto de los demás niños que lo rodean en el colegio. A diferencia de Pamuk, Roth y McCourt, Coetzee no asume la óptica infantil narrando. Hay nostalgia, pero no hay humor, no hay cariño por los recuerdos. “Su corazón es viejo, oscuro y endurecido, un corazón de piedra. Ése es su vil secreto”, confiesa en algún momento. Es una descripción casi clínica, en mi opinión, pero no por eso deja de sentirse real y descarnada.  
Supongo que todo tiene que ver con el carácter imperecedero de las palabras. Lo escrito queda fijo para siempre y está abierto a la lectura de todos. La memoria, efímera y traicionera, queda atrapada entre las carátulas de un libro y se convierte en realidad tangible. El dedo acusador del hijo se extiende a todos los lectores y eso, desde la perspectiva de un padre, es aterrador.
 
Pero más allá de la complejidad de sentimientos como culpa y recriminación, hay dos nociones que estos cuatro novelistas tratan, cada uno a su manera: la normalidad y la felicidad. En la medida en que se acercan o se alejan de la normalidad, el aurea mediocritas social, así mismo se acercan o se alejan de la felicidad. El padre desea con todas sus fuerzas que el hijo calce y sea feliz. Que brille, claro está, pero que no descuadre. Y cuando uno, padre amateur, se tropieza con estas visiones descarnadas de la niñez (pobre, acomodada, con o sin sobresaltos históricos), pide clemencia y desea que los errores pasen desapercibidos, que se difuminen en la nebulosa de la memoria infantil, que el hijo –ingeniero, abogado, contador– tenga a bien dejarle ese oficio innoble de la escritura a otros…


Dublín, marzo 2010
Artículo original en ReLectura.

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