Cronicas Dublinenses

La reedición de las Crónicas Pisburianas, ahora con Diego y Andrés

domingo, abril 01, 2007

CD11 - HUGO Y EL LOBO. O de cómo vivir en Dublín no es muy distinto a vivir en Caracas

Los instruidos lectores de estas Crónicas conocerán de sobra la historia de Pedro, aquel pastorcillo mentiroso que sufrió los estragos de su mala maña cuando el lobo apareció en verdad y devoró a sus pobres ovejitas. Esta breve crónica es una invitación a que apoyen mi iniciativa de cambiarle el nombre a la popular fábula infantil. En lugar de “Pedro y el lobo”, propongo “Hugo y el lobo”. He aquí la razón:


Ya sabrán nuestros asiduos visitantes que los anfitriones de este blog somos fieles seguidores de U2, así como fervientes cinéfilos. También recordarán que Hugo es propenso a jugar con mis sentimientos cada vez que se le presenta la ocasión. De este modo, desde que nos mudamos a Dublín, Hugo ha hecho de las suyas cada vez que vamos paseando por la ciudad y nos topamos con algún irlandés cuyo fenotipo es como el de Bono, Edge, Larry o Adam (es decir, casi el 80% de los habitantes de la isla). “¡Ceci, mira a Edge!”. Yo, ilusionada e inocente, volteo con el corazón en la boca esperando ver la cara familiar. Obviamente, patrañas… También me hizo la sucia jugarreta hace unas dos o tres semanas mientras caminábamos por Grafton Boulevard: “Ceci, acabo de ver a Donald Sutherland en esa tienda”. Otra desilusión…

El lector se preguntará por qué he caído, repetidamente, en las triquiñuelas de Hugo. No puedo responder sin un cliché, pero aquí va: el amor es ciego.

Hoy, sin embargo, se cumplió la profecía de “Hugo y el lobo”, como el título de la crónica lo indica. La tarde estaba despejada, sin una nube en el cielo. Diez grados, poca brisa. Decidimos ir a tomar un café a Dun Laoghaire, un puerto al sur de la ciudad.


Al terminar, Diego estaba con ganas de pasear, así que fuimos a caminar al malecón. Tomamos algunas fotos de las olas golpeando las rocas, las casas victorianas al fondo, el atardecer rojísimo, las gaviotas sobrevolando el puerto.


Mucha gente caminaba y patinaba por el muelle. Yo estaba distraída, haciéndole morisquetas a Diego, cuando de pronto Hugo exclamó: “¡¡¡Mira a Colin Farrell!!!”. El lector seguramente empatizará conmigo y comprenderá por qué miré a Hugo con desidia y, más por costumbre que por convicción, volteé con fastidio e incredulidad hacia donde él estaba mirando. A medio metro estaba, efectivamente, Colin Farrell, sentado en las piedras del malecón junto a su novia (¿esposa, concubina, arrejunte?) y un bebé.

Pero claro, nosotros estábamos caminando, y mientras Hugo me señalaba al actor, yo pensaba en todas sus tretas pasadas, en los sinsabores al descubrir que no decía la verdad, en que éste sería otro chiste cruel, etc. Para el momento en que volteé, ya tenía a Farrell a mi derecha y no podía girar completamente para observarlo con comodidad…

Los que estudiaron conmigo recordarán inmediatamente mi color “rojo exposición”. Así fue como me puse nada más de pensar si le pedía una foto. Hugo me azuzó para que lo hiciera. Hubo apuestas, sobornos, chantajes. Pero nada. Mi pena fue más grande que las ganas de ilustrar esta crónica, así que los pobres lectores se tendrán que conformar con estas fotos “de retruque”:




[El tipo de la boina con sweater beige es C.F.]

Para consolarme, reconstruí en mi cabeza aquel chiste malo de “Métete tu gato por el c…”. Me imaginé acercándome al actor, disculpe que lo moleste en este momento de intimidad, pero… Si te das cuenta de que es un momento íntimo, ¿por qué interrumpes entonces? De verdad qué pena, lo siento… Me vengo a este rincón del malecón para que la gente metiche no me fastidie y vienes a pedirme una foto… No seas tú tan paj…

De este modo, Colin Farrell resultó ser un verdadero patán, antipático y grosero. Menos mal que no le pedí la foto y me ahorré la calentera…


* * *

Finalmente, todo este episodio nos llevó a reflexionar sobre nuestras andanzas por el mundo. ¿Qué diferencia hay entre vivir aquí y vivir en Caracas? Llegamos a la conclusión de que no hay ninguna. La vida se desarrolla paralelamente en cada sitio. Si estuviéramos en Caracas, probablemente nos habríamos encontrado a Daniel Sarcos (como de hecho nos ocurrió una vez en Sushi Market). Pero vivir en Irlanda nos hace tropezar con celebridades locales, de modo que en lugar de haber visto al afamado maracucho paseando con la Chiqui por Macuto, ayer vimos a Colin Farrell paseando con su novia por Dun Laoghaire.

Como diría la Primerísima Mirla Castellanos (burdamente imitada por Rubén Blades), “la vida es una tómbola, tom-tom-tómbola…”.


Hasta la próxima,
C.