Cronicas Dublinenses

La reedición de las Crónicas Pisburianas, ahora con Diego y Andrés

miércoles, marzo 28, 2007

CD8 - DEL EVENTO


Comienzo esta crónica bajo la sombra de lo escrito previamente por Ceci, y sobre todo por su acogida. Sirva como aclaratoria que no soy capaz ni pretendo competir con su soltura lingüística, estilo honesto e impecable redacción, mucho menos con su sensibilidad e impacto, especialmente porque no fui yo el que parió al carricito. No prometo dos crónicas, pues a duras penas creo poder terminar una. Por último, mi único objetivo es tratar de complementar lo ya presentado por ella, nunca desmintiéndola, siendo lo más sincero que se puede ser, y por supuesto pidiéndole que revise y certifique previamente lo aquí presentado.*

Desde el comienzo nos dimos cuenta de que Ceci iba a tener un embarazo de librito, o más bien, de libritos y páginas web. Una vez supimos que esperábamos a Diego, no bien le habíamos puesto el nombre, ya habíamos comprado una vasta biblioteca dedicada al tema. A los textos les sumamos un par de páginas web que nos aseguraban las últimas opiniones de los llamados expertos (por lo general médicos, midwives y madres) evitando el eterno problema de los libros: la desactualización. Por último, cuando encontrábamos que una situación no estaba referida en al menos tres de nuestras fuentes, procedíamos obviamente a “googlearla”. Cada tema y situación imaginable eran cubiertos por la amplia literatura que tuvimos la “suerte” de conseguir: contracciones, mareos, cesáreas, patadas, antojos, los primeros 83 meses del recién llegado, lunares, comidas a evitar o buscar, qué hacer con los consejos no solicitados o qué no hacer si no nos dan consejos…

La avalancha de conocimiento fue tal que cada una de las sensaciones o síntomas que sufrió Ceci durante sus casi diez meses de embarazo (porque al menos yo aprendí que eso de nueve meses es un mito perpetuado por la ignorancia del lumpen) estaba perfectamente descrito. Todo parecía ir viento en popa hasta que empezamos a notar ciertas inconsistencias en las opiniones de los especialistas. Por ejemplo, todos parecían coincidir en que la niña al nacer (porque en los libros en inglés se refieren indistintamente a la criatura como she) iba a tener la necesidad de dormir durante más de la mitad del día. El problema estaba justo en la recomendación de qué hacer en cada situación (el sueño, en este caso). Si teníamos dos libros, en ellos habría tres sugerencias contradictorias. No exagero. El recomendadísimo “Qué esperar cuando se está esperando” invita a acostar al neonato boca abajo. Cuarenta páginas más adelante sugiere dejarlo boca arriba. Teniendo Ceci y yo una mentalidad científica decidimos desde el primer día ponerlo de lado.

De esa forma avanzó el embarazo, sin poder confiar en la cantidad industrial de pasquines que tuvimos a mal comprar. Cuando quisimos saber qué era bueno para las náuseas (que de nuevo el lumpen se empeña en llamar matutinas, a pesar de que tienen lugar durante todo el día y la noche) aprendimos que la única solución es no quedar embarazada, pues todos los remedios prescritos por nuestros expertos eran contradichos por algún otro. Por suerte, más pudo Diego en su deseo de nacer por donde era y a la hora en que le tocaba que las nefastas estadísticas médicas, pues si es por lo que habíamos leído, no hay forma de que un embarazo transcurra sin poner en riesgo al pequeño de una u otra forma.

Durante “la dulce espera” Ceci aguantó con estoicismo vómitos diarios (primer trimestre), contracciones cortesía de las brutísimas niñas a las que les estaba dando clases (segundo trimestre) y dolor en su fracturado cóccix (tercer trimestre). Por lo general, tratábamos de minimizar sus únicas quejas cuando nos entreteníamos leyendo sobre las extrañísimas enfermedades y síndromes que podría sufrir Diego (único provecho que le sacamos a los libros).

Así, luego de meses de contracciones in crescendo, Ceci se levantó un buen día, como a una semana de la fecha probable de parto, señalando que las contracciones eran diferentes a las ocasionadas por sus alumnas y que ya no se sentía tan bien como antes. Ante su duda sobre si eran o no las definitivas, y en un perfecto ejemplo de arrogancia masculina, decidí que la visita del pequeño era cuestión de horas, y puse en marcha el plan de contingencia.

La primera medida obviamente consistió en quedarme en la casa monitoreando el progreso del, según mi vasta experiencia, ya inminente parto. Luego, en obvio apresuramiento y en mi fe ciega ante la palabra de mi esposa, procedí a enviar aquel fatídico email del que ella todavía se mofa. Olvidada quedó mi emoción (y preocupación, para qué negarlo) por la venida del primogénito. Sólo quedaría registrado en los anales de la historia mi alarmismo e impulsividad ante el envío inconsulto de aquella misiva. Por suerte, en un ejercicio inconsciente de precaución, sólo copié a unas seis personas y Ceci no hubo de humillarme (“porque H siempre sale de atorado”) ante toda nuestra lista de correos.

Ese mismo día llegó la futura abuela, Carmen Cecilia, a Dublín. En este punto de la historia, uno pensaría que este nuevo personaje, gracias a su experiencia al haber tenido dos hijos, poseería un conocimiento invaluable de cómo era todo aquello de los trabajos de parto. Sin embargo, la abuela se quedaba muda ante la sabiduría médica de su hija y yerno, que ante cualquier señal o síntoma procedían a comparar diagnósticos en cuatro libros y tres páginas web. Probablemente para no mostrar una opinión diametralmente opuesta a las ocho que ya teníamos prefería sonreír y mantenerse en silencio.

En vista de la confusión decidimos apelar una nueva fuente: ER. El enlatado americano nos ha ayudado a diagnosticar innumerables enfermedades a lo largo de trece temporadas, por lo que decidimos confiar en lo aprendido para determinar la fecha del parto. Según la teleserie, los síntomas inequívocos son: litros y litros de agua en la cama al romper fuentes (para ello Ceci dormía con un tobo azul en lugar de almohada), unas ganas horrorosas como de ir al baño (imagínense el peor de los corrientazos cada cinco minutos) y, en mi caso particular, la llamada al trabajo indicándome que todo salió bien y que podía pasar a visitar al carricito.

La noche del miércoles (dos días antes del nacimiento), Ceci y Carmen Cecilia, en un reto al destino, decidieron quedarse hablando hasta las 4:30 am. Al día siguiente, CC le indicaría a su hija que tenía “cara de parida” (obviamente más por culpa del trasnocho que por la venida de Diego, pero ante el riesgo de que me fueran a convertir en sapo preferí morir callado).

Ya el jueves, luego de que nos retiráramos a nuestros aposentos, C se quejaba de contracciones cada vez más frecuentes y su cara ya reflejaba un dolor sincero y nada envidiable. Aunque no recuerdo muy bien a qué hora finalmente nos fuimos a dormir, sí me acuerdo de pensar que del día de mañana no pasaba. Siendo sincero, a los 35 segundos ya estaba dormido.

Ni sé qué soñé aquella noche, sólo recuerdo que Ceci me levantó a eso de las 4 am, muy tranquila, diciéndome que había llegado el momento. Con el pelo mojado y gestos relajados me pidió que me vistiera pues ya Diego venía en camino. A eso de las 2 am las contracciones se habían vuelto mucho más frecuentes y apenas pudo dormir desde ese momento. Yo, más dormido que despierto, no sabía si creerle y vestirme corriendo o seguir durmiendo hasta que se hiciera de día. Total, uno oye decenas de cuentos de treinta horas de trabajo de parto pero nunca nadie echa algún cuento de un alumbramiento en el carro. Sin embargo, al ver que su tono no era en broma y que ya estaba con el bolso listo para salir al hospital, terminé de convencerme. Después de lograr pararme, Ceci fue e hizo lo propio con su mamá. Cuando volvió me encontró vistiéndome, tal como tan apropiadamente lo describe en su crónica, de Dockers y camisa manga larga.

En este momento, me veo en la obligación de aclarar mis razones para elegir tal atuendo. El miedo de llegar a Holles Street vestido como el popular nacker irlandés (lo que en USA sería una mezcla de white trash con wigger) es más fuerte que la voluntad de llegar rápido. Aunque el atuendo del nacker y su rol en la sociedad irlandesa son motivo de otra crónica, espero se entienda que mi pinta no fue producto de la emoción del momento, sino más bien una bien racionalizada decisión para evitar ser confundido con el estereotípico personaje oriundo de los suburbios dublineses. Dicho esto, una vez que Ceci entró en el cuarto y comentó lo inapropiado de mi ropa ante el esfuerzo físico que íbamos a enfrentar, procedí a salvar las diferencias con unos bluyíns (nada más peligroso que discutir con una mujer en trabajo de parto). Sin embargo, conservé la camisa. Creo que en medio de mi despiste hasta me cambié los pantalones con la suegra ya metida en el cuarto, que en tiempo record ya estaba emperifollada y lista para partir. O al menos eso creía Ceci.

Hoy debo confesar que días antes, en un pacto secreto con Carmen Cecilia, decidimos no salir al hospital y mucho menos escribir otro correo hasta no ver la cabeza del muchacho asomándose. Ello para irnos por lo seguro y evitar más burlas a su pobre yerno. Por suerte no hubo necesidad de llegar a tal extremo, pues Ceci se nos adelantó y envió el correo avisando que ya nos íbamos. A las 5 am ese email marcó nuestra salida.

El recorrido a la maternidad no fue muy acontecido. Dublín estaba bastante oscura y calmada, tal vez porque no llegamos a meternos por el centro, donde la horda de borrachos no nos habría dejado llegar a tiempo. En un clásico estilo irlandés, habríamos dado a luz en la acera al lado de un pub, celebrado por la muchedumbre que animaría a la parturienta entre una y otra Guinness.

Llegamos al hospital en unas tres contracciones. Para ese momento, Ceci ya no podía ni hablar la mitad del tiempo. Se repetían cada cinco minutos y le duraban alrededor de dos. Todo bajo control, pues. Mi único pensamiento se concentraba en qué pasaría si no dejaban pasar a Carmen Cecilia. Si se devolvía manejando era capaz de extinguir a todos los cisnes del Grand Canal y los taxis a esa hora no tienen por costumbre pararse ante el temor de que un borracho les desgracie el carro.

Después de estacionarnos, procedí a llenar el parquímetro con el máximo posible de tiempo. Me permitió comprar cuatro horas, es decir, hasta las 10 am, así que eché media bolsa de monedas (que para tal fin juntamos durante semanas) y volví al carro. Alistamos los peroles que llevábamos: el bolso con la ropa de Ceci y Diego, algunas cosas para matar el hambre y un par de libros para matar el tiempo durante la espera. Ceci estaba lista para caminar, y aunque una cuadra no parecía mucho, le sugerí que esperáramos a que pasara la próxima contracción para tratar de que no le diera otra a medio camino.

Por lo general yo siempre camino apuradísimo y dejo a Ceci atrás, y ese día no iba a ser distinto. No sé muy bien por qué lo hago. Es tal vez una mezcla de la ansiedad Barriola con la paranoia caraqueña a ser asaltado. Cuando cruzamos la calle y estábamos a unos quince metros de la entrada vino otra contracción. Cargando con las cosas, recuerdo haber volteado y a ver a Ceci, apoyada en la reja negra de Holles Street, doblada del dolor, con CC a su lado.

Entramos por la puerta principal, no por emergencias. Tal sería (pensábamos) nuestro control de la situación. Ahora que estamos de confesiones, admito que no tenía ningún apuro en llegar y eso se tradujo en mi tranquilidad durante todo el preludio al parto. Nada más patético que dos primerizos (en este caso tres) llegando con un escándalo a admisiones sólo para ser devueltos porque no ha comenzado el trabajo de parto. Peor aún, si ya el dolor era inaguantable, ¿qué podría determinar que volviéramos a recoger las cosas y salir de nuevo al hospital? ¿Será que volvemos cuando se desmaye del dolor? Me imaginaba “negociando” con Ceci nuestra salida por miedo a que nos devolvieran de nuevo.

Una vez adentro, la primera noticia que nos dio el encargado de guardia fue que Carmen no podía entrar. Tras una breve despedida, la dejamos en la sala de espera con cara de susto. “Porsia las moscas” se quedó con el celular de Ceci. Cuando ya Ceci fue admitida, bajé de nuevo y llamamos un taxi para que se fuera a dormir a la casa, aunque no creo que haya podido por la emoción de tener su primer nieto Losada.

La entrevista con la mujer de admisiones es tal como la describe Ceci. Entre el dolor y el nada fácil acento de nuestra anfitriona ella no entendía y era yo el que daba las respuestas. ¿Tienen seguro? ¿Traen alguna planilla completada? ¿Dónde está la ropa del bebé? Mientras chequeaba el reloj y le veía la cara a C, mi miedo a que nos devolvieran se iba desvaneciendo. “Adelante, yo misma los llevo a la sala de partos”.

Minutos después ya Ceci estaba lista para el examen físico. No hubo tiempo de ponerse la pijama que compramos para el parto, la bata ni las pantuflas. Recibió a Diego con sus inmortales medias de pollito.

Luego de la primera revisión, nos indicaron que a pesar del sufrimiento, Ceci no había dilatado nada. Nalgas. Nill, Cero. Un coño, pues. Ya nos preparábamos para una buena discusión cuando la enfermera nos aclaró que igual no había necesidad de que nos devolviéramos a la casa, pues las contracciones eran fuertes y constantes. Sólo tendríamos que esperar a que dilatara un centímetro para romperle fuentes y aplicar la epidural.

En poco tiempo ya estaban llamando a la anestesióloga. Cuando dijeron que llegaría en quince minutos supimos que más bien serían cuarenta y cinco. Por supuesto, no nos equivocamos. La tendencia mundial de los médicos de hacer esperar a sus pacientes no encuentra su excepción en Irlanda. Para el momento en que el desmayo era inminente, apareció la doctora, aguja en mano, dispuesta a realizar el milagro. De ahí en adelante todo fue en bajada. Cuando terminó el procedimiento de la epi ya tenía unos cinco centímetros de dilatación. Los siguientes cinco no duraron mucho más, y ante la falta de dolor Ceci pudo hasta dormir un poco.

Cuando llegó a los esperados diez centímetros, C comenzó a pujar. Al tercer envión, ya las enfermeras veían a Diego y me preguntaban si quería verlo yo también. No tenía mucho apuro en asomarme porque nada más deprimente que un orgulloso padre tirado en el piso como un plátano y el doctor echándole aire a ver si lo puede levantar. Unos veinte minutos después las enfermeras ya estaban seguras de que el cabezón venía con peluca y todo. En vista de que Ceci, nuestros hermanos y yo fuimos calvos como hasta el primer cumpleaños, me animé a verlo para confirmar la primicia.

Ahí estaba Diego, más acá que de allá. Ahora sí que no nos devuelve nadie a la casa, pensé. Ante el riesgo de que Ceci me pegara un grito que bombeara al renacuajo contra la pared, decidí no tomar fotos desde esa perspectiva. Sin embargo, preparé la cámara porque Diego saldría en menos de media hora.

En ese momento el Profesor O’Herlihy sacó una tijera que parecía más de jardinero que de médico. Sabiendo lo que venía me aparté y le dediqué unos segundos más a preparar la cámara, no sin antes decirle que justo venía la parte que mi papá me recomendó no presenciar. Entre risas, me preguntó si me iba a desmayar, pero yo ya estaba más allá del bien y del mal, es decir, decidiendo si usar flash o no.

Empujón tras empujón, en poco tiempo Diego ya tenía la cabeza afuera. A pesar de la impresión de verlo cubierto en algo parecido al ectoplasma de los Ghostbusters, me armé de valor y tomé algunas fotos que mis amigos siempre me agradecerán, dado su alto valor educativo. Treinta segundos después ya Diego estaba completamente afuera. Ahí supe que no habría forma de que pudiese describir ese momento, sus primeros instantes afuera, desorientado y pataleando. Por eso le di tantas largas a escribir esta crónica y por eso no creo poder entrar en demasiados detalles.

Mientras medio parapeteaban a Diego, el Doctor me pidió que le hablara fuerte para tratar de que llorara. Al darse cuenta de que las palabras no me salían, Diego se me adelantó y comenzó a chillar, tal vez para que no se nos ocurriera darle una nalgada. Se lo pusieron encima a Ceci, que para entonces ya había olvidado todos los dolores, náuseas y malestares de los últimos meses y me dejaron cortarle el cordón umbilical.

Nos lo quitaron por un par de minutos para limpiarlo y me lo dieron envuelto y llorando. Cuando se calmó fue como si le quitaran el volumen al resto de la habitación. A lo mejor las enfermeras me hablaban, pero yo sólo oía cómo respiraba. Ya para ese momento estaba buscando qué chupar y lo único que encontró fue el borde de la toalla en que lo envolvieron. Ahí supimos que no iba a tener problemas para comer. Mientras le contábamos los dedos y tratábamos de que abriera los ojos, llamamos a los abuelos para darles la noticia.


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Han pasado casi seis meses desde que nació Diego y por supuesto todo para nosotros cambió radicalmente. Cosas que antes nos parecían indispensables ahora nos parecen triviales y viceversa. Prácticamente cada cosa que hacemos lo impacta inmediatamente o tiene el potencial de hacerlo en el largo plazo. Pensando en eso decidimos venirnos a Dublín y aunque haya sido un poco duro para todos, esperamos voltear dentro de veinte años y pensar que no nos equivocamos.

Besos a todos,

H

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* Aunque tal introducción suene convincente y digna del padre de una criatura como Diego, lo que verdaderamente me mueve a escribir no se acerca a tan noble propósito. La realidad es que espero acallar las voces que acusan a Diego de huérfano y tal vez, muy en el fondo, me muero de ganas de ponerlos a llorar, tal como confesó alguno que otro abuelo, tío o amigo que ha leído demasiado Paulo Coelho.

3 Comments:

At 7:33 p. m., Blogger Bea said...

Sólo cinco cosas que decir:
1.- Nunca he leído ni leeré Paulo Coelho.
2.- Me alegro de que por fin Hugo se haya atrevido a escribir, sea cual fuere la verdadera razón.
3.- Estoy segura de que en 20 años se darán cuenta de que tomaron la decisión correcta.
4.- Espero más crónicas de Hugo contando sobre los primeros meses de Diego.
5.- Un beso a los tres
Bea

 
At 9:58 a. m., Anonymous Mari Izturiz said...

Jejeje You did it Huguito! Dos lagrimitas corriendo por las mejillas!!! Luego de terminado mi dolor de barriga de tanto reirme... ahi llegaron de improvisto... casi al final... Sea por nostalgia al terruno compartida desde estos lares del mundo, porque el nacimiento de mi 1ra sobri acaba de sensibilizar mis pensamientos y reacciones o simplemente porque los quiero mucho y estoy feliz por D y ustedes... Llegaron las lagrimitas! Sorry que hayas conmovido a una de las mas lloronas de la secta, pero bueno... siendo la madre de Diego la maestra de ese arte (aunque disfrute su denial), me toca a mi asumir la diligencia...
Un besote y gracias por mantenernos informados...
BTW el arreglo prenupcial de Isabella y Diego va viento en popa! pero nada de dotes por parte de la familia de la novia (ya saben que los pobres checos aun se ven afectados por las huellas del comunismo, y por el lado venezolano, que les puedo decir!!! mas afectados!!!)... solo sera amor a primera vista *de nuestra parte, claro esta! jejeje

 
At 7:24 p. m., Blogger La rusa Joropera said...

Hay Hugo, gracias por enviarme estos Link de este blog. Me encantó leerles tan de cerca esta experiencia que yo también estoy a poco de vivir. No se como será pero seguro será algo muy especial. Ya sabes que es difícil describir la llegada de un nuevo miembro de la familia, y más cuando se es protagonista o co-protagonista.
En fin Gracias Guapísimo, me encanta tu familia, La ceci escribe maravillosamente bien y se le nota a leguas que es una hermosa persona.... Besos

 

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