Cronicas Dublinenses

La reedición de las Crónicas Pisburianas, ahora con Diego y Andrés

miércoles, julio 11, 2007

CD12 - CRÓNICAS PREHISTÓRICAS

Todo comenzó con un aviso en la radio, una llamada de mi tía Valen, un examen el día del funeral de Rosmy y un presentimiento. Varios meses después, estaba montada en un avión, sola, a los 17 años, junto a un “magnate” italiano que intentaba enseñarme los días de la semana en su idioma, rumbo a una aventura que ni mil crónicas podrían llegar a captar. Esto es simplemente un esbozo de mi aetas aurea en aquel laboratorio humano llamado Duino.

* * *

Estaba oscureciendo. Caminaba junto a mis nuevos amigos por la orilla de una carretera, mareada por tantas emociones (y por el jetlag). Sin saber cómo, caímos en la entrada de Villa Mac (la residencia más recóndita del pueblo). Ahí estaba Pancho, mi primer amigo del colegio, con su acento quiteño, sus chukchas, sus lentecitos ovalados y su pelo lacio. Jaime, a quien no entendía nada de lo que decía, a pesar de ser una de las personas más elocuentes que he conocido. Su “papa vasca” en la boca hacía que las palabras sonaran a visigodo en mis oídos. Y el resto de la tropa, con su festival de acentos: Paola y Augusto, Paysandú y Montevideo; Emiliano y Ceci, Mendoza y Buenos Aires; Montse y Laura, Barcelona y Alicante. Juan, con su acento merideño, tan pintoresco como el resto.

Éste es el primer recuerdo que tengo de Carola. Metro y medio de puras sonrisas y las carcajadas más sonoras del norte de Italia. Mi primera impresión de la que más adelante se conoció como “La Bola” fue que era del tipo de gente a la que todo se le hace fácil: los estudios, hacer amigos, aprender idiomas, los deportes, la adaptación, orientarse en un sitio nuevo, un largo etcétera. Hay varias teorías de cuándo, cómo y por qué nos hicimos amigas. Complicidad en la clase de español de Ximena (es decir, ninguna de las dos entendía qué cuernos debatía Jaime). Empatía ante el monstruo que teníamos que enfrentar: el inglés. Compartir la clase más divertida del mundo: Italian B Higher con Alfredo, el profesor, y Benoit, uno de los mejores compañeros de clase que he tenido jamás. Para el momento, mi único conocimiento del idioma de Dante era, en traducción fonética: “Máma, bolio yelato”; y el de Carola: “Mansha bene e caga forte”.

En realidad, no sé qué nos hizo amigas, porque aparte de un mismo mecanismo de defensa de burlarnos incesantemente de nuestra propia ignorancia, Carola y yo no teníamos muchas cosas en común (o tal vez sí, demasiadas, y me da flojera enumerarlas en esta crónica…). Lo cierto es que durante nuestro primer año en Duino, aunque éramos amigas, cada quien estaba con un grupo distinto. Yo me la pasaba con “Ceci Sur”, otra argentina con la que hice clic inmediatamente. Mi amistad con Ceci, digna de otra crónica, se basaba en Borges, San Martín, Rayuela, Doña Bárbara, Cuba, Bolívar, Élida y la semiótica, Praga, mate y largos silencios. Otro ritmo de amistad.

* * *


Con Catu, la línea de tiempo es mucho más clara. Tan clara, de hecho, que parece prefabricada por un escritor de novelitas de aeropuerto:


Primavera de 1996. Clases de Environmental Systems. Nuestro querido profe Paul Tout comenta que es temporada de espárragos y que es una costumbre local ir a recogerlos en el Carso. En mi cabeza, la idea de ir a cosechar espárragos es tan exótica que inmediatamente la acojo como una nueva aventura “europea”. En la cabeza de Catuxa, ir a recoger espárragos implica tiempo para pasear, reflexionar y fundirse con el entorno (tal vez acercarse un poco a su extrañada casa a través del paladar). Sea como sea, al salir de clases comentamos, por casualidad, nuestro interés común y decidimos ir esa misma tarde a arrasar con la flora local (esta conversación tomó lugar, lo recuerdo con nitidez, frente al aljibe del patio de Foresteria, mi residencia).

Para no hacer el cuento demasiado largo, baste decir que pasamos una tarde de película. Conversamos la vida entera y para las seis de la tarde ya habíamos decidido ser compañeras de cuarto en el otoño. Ah, y sobre los espárragos, sólo conseguimos uno triste y flaquito, pero al regresar a Duino fuimos al mercado, compramos un paquete y Catuxa los preparó en Casa Carsica. Sin duda alguna, los mejores espárragos que me he comido…

¿Qué teníamos en común una gallega melancólica (o mejor, morriñosa), callada, reflexiva, combativa y disidente hasta los tuétanos, y una caraqueña inmadura, que apenas empezaba a abrir los ojos ante absolutamente todo? Bueno, para empezar, los espárragos, pero también un gusto (casi morboso) por la historia, infinita curiosidad por develar los misterios XY, horas y horas de conversaciones sobre todo y nada. Y los espárragos.

* * *

¿Y luego qué? Otoño de 1996, una estación verdaderamente memorable. Misterios del destino, de la saudade, de Alitalia, Iberia y Aerolíneas Argentinas, de la Bora... Carola, Catu y yo terminamos siendo inseparables. El cuarto número 18 se convirtió en nuestro cuartel (porque ese año sí que dimos guerra). Las clases de Ximena eran deliciosas: Jaime peleaba, Cecilia peleaba, Catuxa peleaba, yo peleaba (Carola y Pancho Barillas dormían, Pancho Porras pensaba en pentagramas). Las clases de italiano, ahora con Viviana Pace y sin Benoit, eran una fuente de sorpresa ante cada palabra adquirida (es raro, pero tengo memoria de la sensación física que era aprender inglés e italiano en esa época). Las clases de John Plommer eran dolorosas (mil gracias, Checha, por tu infinita ayuda). La historia verdaderamente entraba con sangre. En la puerta de cuarto teníamos pegado un papelito que leía: “History… is a nightmare from which I’m trying to awake” (J. Joyce). Paul Tout y Environmental Systems eran un respiro: clases amenas, frescas, la dolina, bird-watching y litros de líquido rosa sobre el retroproyector. Litros de sangría en nuestra habitación (la habitación de las “niñas buenas”). Litros y kilos de nutella también. Lloreras, cartas secuestradas, ansiedad y emoción por cada email de Valen. Roma, el Pantheon, el convento y tintes de pelo furtivos en baños públicos. Cientos, miles de reservaciones en la ISIC de Monfalcone (el Transiberiano, Malasia, Beijing, Moscú, sueños semi-cumplidos). El dottore Velucci y el quiste. Mario Carini y las tortas caseras. Atenas y las aceitunas explosivas. Fiestas, disfraces. El Carnevale di Venezia.

La Península Ibérica en Navidad (“campana sobre campaaaaaaaana…”), el Narco-Oso y el Latte Carso. El “chocolate” intra-peninsular, la hospitalidad sin límites de Montse, Laura, Ángel, Pedrito, los Paz Camaño y Carlitos. Toledo congelado. Bacalao a morir. La laguna de Grado y Paul Tout. Tango en Trieste con Eric. Piazzolla, Mercedes Sosa, Madredeus y Silvio Rodríguez. Cambia, todo cambia. Arezzo y cumpleaños olvidados. Amores este-europeos. “En esta habitación se practica el celibato activo”. Bragas perfumadas & the Italian gang. Pancho y su cello, Carlitos y su violín. Crisis religiosas. Crisis vocacionales. Despedidas desgarradoras.

Y aquí me detengo. 25 de mayo de 1997. El cielo está gris, con unos nubarrones que se amontonan y pelean. Bora, los cipreses se mecen con violencia. Estamos en el patio de Fore y Catu tiene una chemise roja. Johannes, el alemán, es el van-driver que nos va a llevar al aeropuerto, Caro y yo rumbo a Turquía. El patio está en completo silencio. Recuerdo la cara de Limpho y Lizzy al despedirse de Gökçe. Pero el abrazo que nos dimos Catu, Carola y yo no lo recuerdo, lo vivo aún. Todos a nuestro alrededor lloran en silencio. Johannes, muy solemne, dice “It’s time”.

* * *

25 de mayo de 2007. Vuelvo a ser adolescente. No quiero pensar, no quiero racionalizar, no quiero indagar demasiado, no quiero explorar qué es esa sensación en la boca del estómago. En otra época, podía pasar horas armando el escenario del reencuentro en mi cabeza. Desde qué ponerme hasta qué decir. Pero hoy no. Voy en el carro, en la M-50, con los músculos del estómago y de la mandíbula muy apretados. Diego está de buen humor, a pesar del tráfico. Sigo esforzándome por nublar mi cerebro. De verdad no quiero pensar, predecir, especular. Pero, inevitablemente, la frase “son diez años” rebota en las paredes de mi cabeza.

En el aeropuerto, vuelve a mí una idea recurrente: qué lugar despreciable es el aeropuerto. Despedidas, reencuentros, estrés, maletas extraviadas, perros oliendo todo, “this is a security announcement: unattended baggage will be removed and may be destroyed”. Alguien me toca el hombro y, al darme vuelta, diez años de posibles escenarios explotan en el aire. Me quedé muda. Finalmente, después de tanto tiempo, mi amiga imaginaria (Freddy dixit) se materializó frente a mí. La misma Catu de siempre, la Catu detrás de las cartas de letras redondas, azules, entretejidas, la Catu de mis conversaciones epistolares.

* * *

Y el 26 de mayo llegó Carola. Aunque habíamos planeado una emboscada para sorprenderla por todos los flancos, Catuxa caminó en línea recta hasta una Carola que buscaba mi cara en el concurrido aeropuerto de Dublín. Tardó unos segundos en entender lo que sucedía y así, como si diez años fueran un parpadeo, estábamos reunidas las tres brujas nuevamente.

* * *

Mucho ha pasado en diez años. Regresos, estudios, parejas, revelaciones, muertes, mudanzas, nacimientos… En este tiempo me he preguntado una y otra vez qué ocurrió ese año en Duino que marcó tan radicalmente nuestras vidas. Por qué algunos amigos se desvanecen y otros quedan, a pesar de la distancia, de las diferencias culturales, de la falta de cotidianidad. Qué es la amistad. Cómo tres personas tan disímiles pueden sentirse tan cerca.

Sigo sin respuestas.

No sé con qué fin he escrito esta crónica. Supongo, tal vez, para dejar constancia de este evento casi telenovelesco que fue reencontrarnos en nuestro décimo aniversario de despedida. Supongo, tal vez, para agradecer en voz alta por diez años de fe ciega y a larga distancia. Para confirmarles a mis pobres amigos y familiares, víctimas de una década de historias repetidas, que sí existen Catu y Carola, que no las inventé. Tal vez para decir que diez años fue demasiada espera y que estos reencuentros, aunque agotadores, son necesarios, saludables, y deben ocurrir con más frecuencia. Finalmente, tal vez el verdadero motivo de esta crónica es dejar por escrito la historia de estas tres mocosas que se conocieron por casualidad, se hicieron amigas por casualidad, siguieron en contacto por casualidad, y por casualidad se reencontraron algún tiempo después, para que en otros diez, o veinte años, Diego lea esto y entienda una parte fundamental de mi historia y sepa de dónde salieron mis muletas gallega y argentina. No sé si sea la lección sobre amistad más convencional, pero creo que cumple su propósito.

Quiero cerrar esta crónica con una palabra que todo el mundo debería incluir en su diccionario personal. Una palabra que define diez años de amistad, espera, encuentros y desencuentros, explicada por Manolo Rivas:

Morriña significa echar de menos algo, sentir nostalgia, melancolía. Está asociada a una historia de dolor, de pérdida, de emigración. Yo escuché, en algún centro de emigrantes, en la noche invernal de Suiza, alguna balada de morriña que paró a las doce de la noche los relojes de cuco y que ponía los pelos de punta. Como la saudade en el fado portugués o la morna caboverdiana.

(Un espía en el reino de Galicia)

Al despedirme de mis brujas, al despedirme de los lectores de esta crónica, les mando morriña a todos.



C.

4 Comments:

At 4:31 p. m., Anonymous Eduardo J. Sánchez Rugeles said...

Sra. Egan:
Soy un nuevo lector de sus crónicas. Mi comentario no responde a este afectivo reencuentro que usted describe. Supe, de oídas, que tanto usted como el Sr. Losada visitaron, recientemente, la ciudad de Caracas. Quería invitarle a redactar una crónica sobre tal experiencia. Escuché, entre otras cosas, que tuvo la oportunidad de entrar a la ciudad por la llamada Trocha y regresar al aeropuerto por viaducto. Luego de años de ausencia, ¿Cómo encontró a la ciudad doliente? Sé que tanto usted como el Sr. Losada tendrán sentencias memorables sobre este episodio.
Saludos.
Ahora, de vacaciones -y pronto en el exilio, les leeré con más atención.
Saludos a Diego (Egoncito).
E

 
At 7:03 p. m., Blogger Ceci said...

Efectivamente, estimado Sánchez, vienen en camino las Crónicas Bananeras. Todo depende de las exigencias del "Egoncito", como ya te imaginarás.

Por cierto, bienvenido a las Crónicas Dublinenses.

E.

 
At 10:56 p. m., Blogger Bea said...

A Carola ya la conozco. Catucha sigue siendo "una amiga imaginaria" que espero conocer pronto ;)
Me alegra que las crónicas estén de vuelta.
Besos a los tres
Bea

 
At 9:25 p. m., Anonymous Anónimo said...

Ceci...
No se si tenga palabras mas alla de la esperanza de poder revivir en mis sentidos, mis palabras y mis colores, la experiencia de reencontrarme a los diez años aunque sea con mis tambien amigas imaginarias. Con tu permiso espero, les enviare esta cronica que me deja con algo mas que morriña.
Me hubiese encantado verlos cuando vinieron, pero se me atraveso mi aniversario. Un beso grande a los chicos de la casa.
Dany Emmerich

 

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